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Noticias de sociedad

05-06-2022 | Fuente: as.com
Sergio Canales echa raíces duraderas en Heliópolis
El Betis ya es el equipo en el que más partidos ha jugado el cántabro y esta temporada superará su tiempo de estancia en la Real Sociedad
05-06-2022 | Fuente: abc.es
Putin no hace caso a nadie y sigue obcecado en continuar su devastadora, sangrienta e injustificada guerra
El descontento general en la sociedad rusa por la «devastadora, sangrienta e injustificada guerra» que el presidente Vladímir Putin ha desencadenado contra el país vecino, contra Ucrania, cuyos pobladores, al igual que los rusos, son eslavos orientales y siempre se les consideró «hermanos», es más que palpable. Cada vez son más los empresarios, artistas, antiguos altos funcionarios, economistas y científicos que huyen de Rusia. Dimiten de sus cargos, liquidan sus negocios, abandonan sus cátedras, dejan sus teatros o cancelan espectáculos. Hasta entre los más próximos a Putin se adivinan disensiones. El ministro de Defensa, Serguéi Shoigu, el jefe del Estado mayor del Ejército, Valeri Guerásimov, el director de del FSB (antiguo KGB), Alexánder Dvórnikov, o el comandante en jefe de la Flota del Mar Negro, el almirante, Ígor Ósipov, parecen no pintar ya nada. Nominalmente mantienen sus cargos, pero Putin ya no confía en ellos por calcular mal la ofensiva, por el alto número de bajas y por la lentitud con la que discurre el avance de las tropas. El politólogo Stanislav Belkovski sostiene que «Putin ha comenzado a dirigir personalmente la operación militar en Ucrania» con órdenes directas a los oficiales sobre el terreno. Según sus palabras, «la Operación Z permanece bajo el control total de Putin. No existe una sola figura que pueda imponerle una solución que a él no le interese». El presidente ruso, a juicio de Belkovski, «admite que el comienzo de la ofensiva no tuvo éxito y lo que debía haber sido una guerra relámpago fracasó. Por eso decidió tomar el mando, como hizo el zar Nicolás II durante la Primera Guerra Mundial». El alto número de víctimas entre los civiles ucranianos, las atrocidades cometidas en Bucha, las abultadas bajas en los dos bandos, la destrucción de ciudades enteras, como ha sucedido con Mariúpol, y la ausencia de argumentos sólidos que justifiquen la guerra no han disuadido a Putin de la necesidad de dar marcha atrás. Su poder prácticamente absoluto le permite desoír cualquier consejo sensato ante la ausencia de contrapesos y de una dirección más colegiada. Nadie ha concentrado tanto poder en 100 años Y es que casi nadie en Rusia en más de cien años ha concentrado tanto poder como para permitirse el lujo de actuar en solitario. Hasta se permite abroncar en público a sus más estrechos colaboradores como sucedió el pasado 21 de febrero, tres días del comienzo de la guerra contra Ucrania, cuando durante una reunión del Consejo de Seguridad, retransmitida por los principales canales de televisión, humilló al director del Servicio de Inteligencia Exterior (SVR), Serguéi Narishkin. En la época zarista, la corona rusa era un ejemplo más de absolutismo en la Europa de entonces, aunque el poder de aquellos monarcas estaba en ocasiones repartido en manos de allegados y validos. Uno de los personajes que más influyó en las decisiones Nicolás II fue el monje Grigori Rasputin, a quien su esposa Alejandra consideraba un «iluminado». Tras la Revolución de Octubre (1917), el poder de su cabecilla, Vladímir Lenin, pese a ser determinante, estuvo sometido en cierta manera al control de los Sóviets y del Politburó, órgano máximo de dirección y con carácter permanente. Más adelante, con Iósif Stalin ya en el Kremlin, las conjuras se tejían a nivel del Comité Central del Partido Comunista y del Politburó, algunos de cuyos miembros terminaron siendo purgados, enviados al Gulag o fusilados. Stalin logró instalar una sangrienta dictadura, pero en ocasiones bajo la supervisión del Politburó o de algunos de sus miembros, como fue el caso de Lavrenti Beria. El control del Comité Central y Politburó Todos los secretarios generales del PCUS tuvieron un peso más que significativo a la hora de tomar decisiones, pero sin que la cúpula del partido los perdiera de vista. Hasta el punto de que, como le sucedió a Nikita Jrushiov, podían ser destituidos. Todos los demás en adelante (Leonid Brézhnev, Yuri Andrópov, Konstantín Chernenko y Mijaíl Gorbachov) estaban obligados a mantenerse dentro de las directrices generales emanadas de los Congresos del partido, del Comité Central y del Politburó. Tras la desintegración de la URSS, el predecesor de Putin, Borís Yeltsin, puso en marcha una nueva Constitución de talante marcadamente presidencialista. Lo hizo tras un choque armado con el Parlamento, al que cañoneó sin piedad. Pero Yeltsin, no obstante, estuvo sometido a poderes fácticos como el empresarial, el mediático y controlado en cierta medida por el Parlamento. Respetó además el poder judicial. Las elecciones, pese a numerosos defectos, eran calificadas de «democráticas» por la Comunidad Internacional. El primer presidente de la Rusia postsoviética tuvo además que bregar con los militares, sobre todo después de embarcarse en una catastrófica guerra en Chechenia. El actual presidente ruso, sin embargo, ya desde el primer momento, empezó a desmontar la imperfecta democracia construida por su mentor. Primero reforzó sus ya abultados poderes hasta lograr una centralización comparable solamente a la existente en la época de Stalin, aunque con apariencia de democracia. Seguidamente hizo que la propiedad cambiara de manos, especialmente en el sector energético, a favor de empresarios afines. Llevó a cabo así una nacionalización encubierta de los principales sectores económicos. Después la emprendió con la prensa independiente. Canales de televisión, emisoras de radio y los principales diarios fueron adquiridos por empresas estatales, como el monopolio energético Gazprom, o por corporaciones dirigidas por oligarcas fieles al presidente. Más poder que Stalin El siguiente paso fue apuntalar la llamada «vertical del poder», que condujo a la abolición de las elecciones de gobernadores regionales, a una draconiana y arbitraria ley de partidos, a una criba sin precedentes de las organizaciones no gubernamentales y a la aprobación de una ley contra el extremismo que criminaliza a todo aquel que no comparta el punto de vista oficial. Las dos Cámaras del Parlamento, copadas por el partido del Kremlin «Rusia Unida», son verdaderos apéndices de la Presidencia y la Justicia es una correa de transmisión de sus intereses políticos como se ha demostrado en procesos claramente amañados, entre ellos el que mantiene en prisión al principal líder opositor, Alexéi Navalni. Como ha venido denunciando Navalni, en Rusia la división de poderes no existe ni tampoco elecciones auténticamente democráticas, ya que, según sus indagaciones, la manipulación de los resultados de las votaciones es algo habitual. Putin hizo encima que se enmendara en 2020 la Constitución a fin de poder presentarse a dos mandatos más, lo que supondría mantenerse al frente del país hasta 2036. Para desmontar la precaria democracia que construyó su predecesor, Putin se ha valido siempre de los servicios de inteligencia. La necesidad de un «estado fuerte» fue siempre una obsesión para él. En ese camino fueron muchos los que acabaron en prisión. Otros cayeron tiroteados o envenenados sin que, en la mayoría de las ocasiones, se haya podido esclarecer quién encargó los crímenes. El número de exiliados políticos ha ido en aumento y ahora, tras la invasión de Ucrania, se ha acrecentado hasta el extremo de que el mandatario ruso ha logrado vaciar el país de opositores. El resultado de esta feroz política es que Putin ha eliminado cualquier contrapeso. Tiene un poder equiparable al que tuvo Stalin e incluso más, ya que no tiene que rendir cuentas ante ningún «comité central». Él mismo afirma que sólo el «pueblo» puede cuestionar sus decisiones, ponerle al mando o quitarle. Y eso se mide mediante unas elecciones que sus adversarios han considerado siempre trucadas. De manera que el presidente es en solitario el único centro de decisión en Rusia, el único que da las órdenes en relación con la intervención armada en Ucrania.
05-06-2022 | Fuente: abc.es
Putin acumula más poder en Rusia que Stalin o el zar Nicolás II
El descontento general en la sociedad rusa por la «devastadora, sangrienta e injustificada guerra» que el presidente Vladímir Putin ha desencadenado contra el país vecino, contra Ucrania, cuyos pobladores, al igual que los rusos, son eslavos orientales y siempre se les consideró «hermanos», es más que palpable. Cada vez son más los empresarios, artistas, antiguos altos funcionarios, economistas y científicos que huyen de Rusia. Dimiten de sus cargos, liquidan sus negocios, abandonan sus cátedras, dejan sus teatros o cancelan espectáculos. Hasta entre los más próximos a Putin se adivinan disensiones. El ministro de Defensa, Serguéi Shoigu, el jefe del Estado mayor del Ejército, Valeri Guerásimov, el director de del FSB (antiguo KGB), Alexánder Dvórnikov, o el comandante en jefe de la Flota del Mar Negro, el almirante, Ígor Ósipov, parecen no pintar ya nada. Nominalmente mantienen sus cargos, pero Putin ya no confía en ellos por calcular mal la ofensiva, por el alto número de bajas y por la lentitud con la que discurre el avance de las tropas. El politólogo Stanislav Belkovski sostiene que «Putin ha comenzado a dirigir personalmente la operación militar en Ucrania» con órdenes directas a los oficiales sobre el terreno. Según sus palabras, «la Operación Z permanece bajo el control total de Putin. No existe una sola figura que pueda imponerle una solución que a él no le interese». El presidente ruso, a juicio de Belkovski, «admite que el comienzo de la ofensiva no tuvo éxito y lo que debía haber sido una guerra relámpago fracasó. Por eso decidió tomar el mando, como hizo el zar Nicolás II durante la Primera Guerra Mundial». El alto número de víctimas entre los civiles ucranianos, las atrocidades cometidas en Bucha, las abultadas bajas en los dos bandos, la destrucción de ciudades enteras, como ha sucedido con Mariúpol, y la ausencia de argumentos sólidos que justifiquen la guerra no han disuadido a Putin de la necesidad de dar marcha atrás. Su poder prácticamente absoluto le permite desoír cualquier consejo sensato ante la ausencia de contrapesos y de una dirección más colegiada. Nadie ha concentrado tanto poder en 100 años Y es que casi nadie en Rusia en más de cien años ha concentrado tanto poder como para permitirse el lujo de actuar en solitario. Hasta se permite abroncar en público a sus más estrechos colaboradores como sucedió el pasado 21 de febrero, tres días del comienzo de la guerra contra Ucrania, cuando durante una reunión del Consejo de Seguridad, retransmitida por los principales canales de televisión, humilló al director del Servicio de Inteligencia Exterior (SVR), Serguéi Narishkin. En la época zarista, la corona rusa era un ejemplo más de absolutismo en la Europa de entonces, aunque el poder de aquellos monarcas estaba en ocasiones repartido en manos de allegados y validos. Uno de los personajes que más influyó en las decisiones Nicolás II fue el monje Grigori Rasputin, a quien su esposa Alejandra consideraba un «iluminado». Tras la Revolución de Octubre (1917), el poder de su cabecilla, Vladímir Lenin, pese a ser determinante, estuvo sometido en cierta manera al control de los Sóviets y del Politburó, órgano máximo de dirección y con carácter permanente. Más adelante, con Iósif Stalin ya en el Kremlin, las conjuras se tejían a nivel del Comité Central del Partido Comunista y del Politburó, algunos de cuyos miembros terminaron siendo purgados, enviados al Gulag o fusilados. Stalin logró instalar una sangrienta dictadura, pero en ocasiones bajo la supervisión del Politburó o de algunos de sus miembros, como fue el caso de Lavrenti Beria. El control del Comité Central y Politburó Todos los secretarios generales del PCUS tuvieron un peso más que significativo a la hora de tomar decisiones, pero sin que la cúpula del partido los perdiera de vista. Hasta el punto de que, como le sucedió a Nikita Jrushiov, podían ser destituidos. Todos los demás en adelante (Leonid Brézhnev, Yuri Andrópov, Konstantín Chernenko y Mijaíl Gorbachov) estaban obligados a mantenerse dentro de las directrices generales emanadas de los Congresos del partido, del Comité Central y del Politburó. Tras la desintegración de la URSS, el predecesor de Putin, Borís Yeltsin, puso en marcha una nueva Constitución de talante marcadamente presidencialista. Lo hizo tras un choque armado con el Parlamento, al que cañoneó sin piedad. Pero Yeltsin, no obstante, estuvo sometido a poderes fácticos como el empresarial, el mediático y controlado en cierta medida por el Parlamento. Respetó además el poder judicial. Las elecciones, pese a numerosos defectos, eran calificadas de «democráticas» por la Comunidad Internacional. El primer presidente de la Rusia postsoviética tuvo además que bregar con los militares, sobre todo después de embarcarse en una catastrófica guerra en Chechenia. El actual presidente ruso, sin embargo, ya desde el primer momento, empezó a desmontar la imperfecta democracia construida por su mentor. Primero reforzó sus ya abultados poderes hasta lograr una centralización comparable solamente a la existente en la época de Stalin, aunque con apariencia de democracia. Seguidamente hizo que la propiedad cambiara de manos, especialmente en el sector energético, a favor de empresarios afines. Llevó a cabo así una nacionalización encubierta de los principales sectores económicos. Después la emprendió con la prensa independiente. Canales de televisión, emisoras de radio y los principales diarios fueron adquiridos por empresas estatales, como el monopolio energético Gazprom, o por corporaciones dirigidas por oligarcas fieles al presidente. Más poder que Stalin El siguiente paso fue apuntalar la llamada «vertical del poder», que condujo a la abolición de las elecciones de gobernadores regionales, a una draconiana y arbitraria ley de partidos, a una criba sin precedentes de las organizaciones no gubernamentales y a la aprobación de una ley contra el extremismo que criminaliza a todo aquel que no comparta el punto de vista oficial. Las dos Cámaras del Parlamento, copadas por el partido del Kremlin «Rusia Unida», son verdaderos apéndices de la Presidencia y la Justicia es una correa de transmisión de sus intereses políticos como se ha demostrado en procesos claramente amañados, entre ellos el que mantiene en prisión al principal líder opositor, Alexéi Navalni. Como ha venido denunciando Navalni, en Rusia la división de poderes no existe ni tampoco elecciones auténticamente democráticas, ya que, según sus indagaciones, la manipulación de los resultados de las votaciones es algo habitual. Putin hizo encima que se enmendara en 2020 la Constitución a fin de poder presentarse a dos mandatos más, lo que supondría mantenerse al frente del país hasta 2036. Para desmontar la precaria democracia que construyó su predecesor, Putin se ha valido siempre de los servicios de inteligencia. La necesidad de un «estado fuerte» fue siempre una obsesión para él. En ese camino fueron muchos los que acabaron en prisión. Otros cayeron tiroteados o envenenados sin que, en la mayoría de las ocasiones, se haya podido esclarecer quién encargó los crímenes. El número de exiliados políticos ha ido en aumento y ahora, tras la invasión de Ucrania, se ha acrecentado hasta el extremo de que el mandatario ruso ha logrado vaciar el país de opositores. El resultado de esta feroz política es que Putin ha eliminado cualquier contrapeso. Tiene un poder equiparable al que tuvo Stalin e incluso más, ya que no tiene que rendir cuentas ante ningún «comité central». Él mismo afirma que sólo el «pueblo» puede cuestionar sus decisiones, ponerle al mando o quitarle. Y eso se mide mediante unas elecciones que sus adversarios han considerado siempre trucadas. De manera que el presidente es en solitario el único centro de decisión en Rusia, el único que da las órdenes en relación con la intervención armada en Ucrania.
05-06-2022 | Fuente: abc.es
Asociar salud mental y matanzas, coartada de los defensores de las armas en EE.UU.
Buffalo, Las Vegas, Uvalde, Parkland.. Casi 1.300 víctimas mortales en 199 'mass shootings' o tiroteos en los últimos nueve años. El último, en un hospital de Oklahoma donde un hombre armado abrió fuego y se cobró la vida de cuatro personas el pasado miércoles. Una realidad sobrecogedora que convierte la violencia armada en epidemia y en una de las patologías sociales más alarmantes del país de los Big Mac. Aun así, la relación de Estados Unidos con la posesión de armas es única y su cultura armamentística comporta un caso atípico en el mundo. Muchos de los estadounidenses consideran sagrado su derecho a portar armas, arraigado en la Constitución desde hace más de dos siglos. «No como derecho al porte y a la tenencia de armas, sino como cuestión de defensa de la propiedad privada y libertad individual», apunta Javier Lorenzo, politólogo y profesor de la Universidad Carlos III de Madrid. Unido a que el 80% de la población vive en zonas rurales, pequeñas y muy disgregadas -donde, precisamente, suceden gran parte de los tiroteos-, el resultado es una sociedad ultraindividualista y aislada. Basta con mirar el mapa electoral para comprobar que estos lugares coinciden con estados republicanos, los cuales presentan una tasa de masacres superior y legislación de armas más flexible. En palabras de Lorenzo, «es un país en el que el uso de armas está tan normalizado que incluso está considerado acto lúdico». Vincular violencia armada con enfermedades mentales está a la orden del día. Pero, ¿qué papel tienen realmente en este tipo de masacres? Expertos como el doctor Fernando Mora Mínguez, médico psiquiatra en el Hospital Universitario Infanta Leonor de Madrid, apuntan a que son dos fenómenos sin relación directa. Tanto en EE.UU. como a nivel global, las personas diagnosticadas con algunos de los trastornos mentales más comunes como depresión o ansiedad «no son más agresivas ni cometen más actos violentos que la población general». Tampoco lo son las personas con trastornos más graves como la esquizofrenia. Aun así, la criminalización de los trastornos mentales es una realidad. «En EE.UU., las personas con enfermedad mental solo suponen un 5% de los delitos cometidos. El porcentaje es aún menor si hablamos de delitos con arma de fuego», explica el doctor Mora. A menos que haya alcohol y drogas de por medio. Para este psiquiatra, el factor de mayor riesgo a la hora de cometer un delito violento es la facilidad de acceso a las armas, incluso «muy por encima de padecer una enfermedad mental». Pese a que «una situación vulnerabilidad asociada a un momento de mucha tensión emocional y el acceso a un arma estén relacionada con los tiroteos», insiste en que «no es una causa directa». Estigma politizado La criminalización de los trastornos mentales es un estigma muy politizado y contaminado por razones de clase o raza. El mismo Trump aseguró en 2019, tras la matanza de El Paso, que «la salud mental y el odio aprietan el gatillo, no el arma». Los republicanos no suelen vincular las víctimas mortales a las armas de fuego, sino a las enfermedades mentales y llevan años bloqueado todo tipo de iniciativas demócratas para reforzar su control. «¿Qué es más fácil para un republicano -que entiende como fundamentales los principios de libertad individual y defensa de la propiedad privada, y que sabe que el 90% de sus votantes están a favor de las armas- que atribuir los tiroteos a gente con problemas mentales?», se cuestiona Lorenzo. El doctor Mora Mínguez también sostiene la teoría de la politización del discurso con argumentos no sólidos como los trastornos mentales, las clases sociales bajas o los inmigrantes para justificar la violencia armada: «Es una manera de no abordar el problema real». Según la Revista Americana de Salud Pública', más del 60% de los perpetradores de tiroteos en Estados Unidos desde la década de los setenta mostraron síntomas de paranoia o alucinaciones antes de cometer los crímenes. Casi la mitad de los asesinos arrastraban algún tipo de trauma en su pasado: un 34% sufrió abusos, un 17,4% 'bullying' y el 2,9% vivió el suicidió de alguno de sus progenitores según recogen Jillian Peterson y James Densley en 'The Violence Project' tras analizar 172 perfiles de tiradores entre 1966-2020. Asociar tiroteos y atacantes a zonas con gran presencia de población inmigrante de bajos recursos es otro de los estereotipos más comunes. «Todo lo contrario. Son los tiroteos y abusos policiales los que se dirigen a este segmento de población», comenta Javier Lorenzo, «Es el propio aislamiento e individualismo el que dispara este tipo de comportamientos». De hecho, el prototipo de atacante es el de un hombre blanco con pistola adquirida de manera legal. Dos tercios poseían antecedentes criminales (65%) y el 80% mostró señales de crisis previas al tiroteo. Autocensura social Un auténtico fenómeno de autocensura social. ¿Qué es más fácil aceptar? ¿Que el atacante es una persona corriente al que, de repente, le hizo 'click' en el cerebro y se puso a disparar lleno de ira o que tenía un problema mental? «Como sociedad y como individuos, nos tranquiliza más pensar que esa persona estaba loca -y que ha sido algo aleatorio o mala suerte-, en vez de pensar en que tenemos un problema social en el que nuestros jóvenes no saben gestionar sus sentimientos y adoptan este tipo de reacciones», concluye Javier Lorenzo. «Como forma de relajar la conciencia para poder sobrevivir es la mejor opción». Ni armas ni salud mental, los expertos consultados por este medio apuntan a que el problema radica en una combinación explosiva de variables: una sociedad muy individualizada y aislada en la que jóvenes inmaduros no saben autogestionar sus emociones -«porque tampoco se les enseña a ello», dice Lorenzo- y que, además, cuentan con gran acceso a las armas. Junto con un discurso que les rodea basado en supremacismo blanco, insatisfacción personal y mal manejo de la frustración, Estados Unidos no logra escapar de esta pesadilla.
05-06-2022 | Fuente: abc.es
La 'doble deuda' con la que Francia ahogó a Haití en el siglo XIX
Bajo el calor sofocante, a veces húmedo, y sometidos a un trabajo arduo, en el que había que esquivar las picaduras de las serpientes y los insectos, procurar no resultar herido durante la faena en los molinos y evitar los latigazos o los castigos del siniestro Código Negro, los esclavos de las plantaciones de Santo Domingo cultivaban la caña de azúcar y convertían su tierra en la colonia más rica del Caribe. En su libro ?Haiti. The Aftershocks of History? (Picador, 2012), Laurent Dubois, uno de los historiadores que han investigado el asombroso pasado de ese Santo Domingo que luego se llamó Haití, y que en los medios de comunicación suele aparecer asociado a noticias sobre catástrofes y desastres naturales, como si fuera un lugar condenado al sufrimiento y la desdicha, describe el ambiente que alumbró la revuelta de esclavos de 1791, uno de los acontecimientos más fascinantes del siglo XVIII. Para comprender las tragedias que siguieron a esa revuelta -en la actualidad, Haití es el país más pobre de América y uno de los más pobres del mundo, situado en los últimos puestos del Índice de Desarrollo Humano-, el periódico estadounidense ?The New York Times? (NYT) publicó la semana pasada una serie de artículos de fondo histórico, en los que explicaba lo que sucedió durante las décadas posteriores. Se trata de un gran trabajo periodístico que ha tenido una doble repercusión, pues no solo ha trasladado a la opinión pública los entresijos de un período apasionante, sino que también ha abierto un debate sobre la manera de relacionarse de reporteros e historiadores. Una litografía del siglo XIX representa al presidente haitiano Jean-Pierre Boyer recibiendo la ordenanza de Carlos X - Biblioteca Nacional de Francia Una nueva cadena Con los abusos del banco francés Crédit Industriel et Commercial (CIC) a finales del siglo XIX y la ocupación estadounidenses a principios del XX, el NYT citaba como una de las causas del subdesarrollo de Haití la suma que Francia obligó a pagar en julio de 1825 a su antigua colonia. Para conseguir que el Rey Carlos X reconociera su independencia y espantar el fantasma de una incursión militar -las tropas napoleónicas llegaron a la isla en 1802, pero al año siguiente fueron derrotadas-, los haitianos aceptaron pagar 150 millones de francos para indemnizar a los antiguos colonos propietarios o sus descendientes, una cifra que luego se redujo a 90 millones. Según los cálculos de los reporteros del rotativo neoyorquino, la suma total abonada a lo largo de seis décadas equivalió a 560 millones de dólares actuales, lo que provocó la pérdida de entre 21 mil y 115 mil millones para el crecimiento del país. Superado por la cantidad, a Puerto Príncipe no le quedó más remedio que endeudarse con bancos franceses, lo que originó la llamada ?doble deuda?. Profesora en la Escuela Normal Superior de la Universidad Estatal de Haití y miembro de la Sociedad Haitiana de Historia, Gusti-Klara Gaillard (1) ha aportado información valiosa para conocer este episodio. A través del análisis de un documento llamado ?Rapport au Roi? (?Informe para el Rey?) redactado por una comisión nombrada por Carlos X en septiembre de 1825 -un documento que, entre otras cosas, contiene una propuesta de artículos para la ley sobre el pago de las indemnizaciones y establece un precio para cada tipo de esclavo-, Gaillard ha concluido que, para obtener su independencia, los haitianos tuvieron que indemnizar a los colonos propietarios por la pérdida de sus bienes inmuebles y también de los esclavos que estaban asociados a los mismos. Se trata de un hallazgo clave, que la historiadora desarrolla en ?La deuda de la independencia. La libertad del género humano monetizada (1791-1825)?, un artículo de próxima publicación. Como Gaillard recuerda, otro presidente haitiano, Alexandre Pétion, ya había contemplado en la primera década del siglo XIX pagar una indemnización a Francia, pero que, en ningún caso, incluyera la pérdida de los esclavos, pues estos habían llevado a cabo una revuelta exitosa entre 1791 y 1793 y se habían convertido en ciudadanos franceses libres con el decreto aprobado por la Convención Nacional en febrero de 1794. Según los cálculos de 'The New York Times', la suma total abonada a Francia lo largo de varias décadas equivalió a 560 millones de dólares actuales, lo que provocó a Haití la pérdida de entre 21 mil y 115 mil millones para su crecimiento «El pago de la deuda es una de las principales razones del subdesarrollo de Haití, pero no podemos decir que sea la única. Hay un contexto más general. Se puede decir que el subdesarrollo empezó en el siglo XVII, desde el inicio de la época colonial», explica el historiador y abogado Malick Ghachem, profesor del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés). «Es difícil saber si la deuda es la causa del subdesarrollo. Pudo jugar un papel, pero no hay que caer en la historia contrafactual, tomando solo la hipótesis de un desarrollo virtuoso de la isla en el caso de que no la hubiera habido. Hay que ver todas las posibilidades. Haití fue escenario de guerras civiles a principios del siglo XIX y se puede plantear que el dinero se hubiera perdido en gastos militares. Es muy difícil hacer hipótesis en períodos tan largos», añade el historiador Paul Chopelin, profesor de la Universidad Jean Moulin Lyon 3. «Santo Domingo fue la colonia más importante del primer imperio francés, la más rica gracias a la caña de azúcar, pero una de las más terribles a nivel humano. Los esclavos llegados desde África sumaban el 90 por ciento de la población», resume el historiador Paul Cohen, profesor de la Universidad de Toronto. «Antes del año 2000, esta historia era ignorada por la mayor parte de los franceses y evocada de manera muy rápida en los programas escolares. Todo empezó a cambiar con la ley Taubira». Promulgada en mayo de 2001, la ley Taubira recibe su nombre de Christiane Taubira, exdiputada por Guayana que llegó a ser ministra de Justicia del expresidente François Hollande. En su primer artículo, establece que la trata negrera y el esclavismo constituyen un crimen contra la humanidad, y reclama, en el segundo, que ese fenómeno histórico se incluya en los programas escolares y se convierta en objeto de investigaciones históricas. Dos años después, el por entonces presidente de Haití Jean-Bertrand Aristide reclamó a Francia devolver la indemnización de la independencia, que cifró en unos 22 mil millones de dólares. Según el libro ?A Concise History of the Haitian Revolution? (Wiley-Blackwell, 2011) de Jeremy D. Popkin, «el Gobierno francés rechazó firmemente la petición de Aristide, y la irritación francesa contra él por sacar el tema a la luz ha sido citada como una de las razones por las que ese país se unió a Estados Unidos para forzar a Aristide a abandonar su puesto en febrero de 2004». El expresidente haitiano Jean-Bertrand Aristide reclamó a Francia devolver la indemnización de independencia, que cifró en unos 21,7 mil millones de dólares Periodismo histórico «El expresidente Hollande visitó Guadalupe en mayo de 2015 y dijo que iba a pagar la deuda de Francia cuando llegara a Haití. Llegó a Haití y dijo que la deuda de Francia era moral, pero no financiera», señala Ghachem. «Es un tema difícil, porque el Quai d?Orsay no quiere abrir esta cuestión, que tiene implicaciones en las relaciones de Francia con sus antiguas colonias, no solo del norte de África, sino también del oeste, y del sur de Asia», añade. «Creo que pocos franceses saben que Haití fue una colonia en el siglo XVIII, y que hay traumas más recientes, como la Segunda Guerra Mundial y la guerra de Argelia, que acaparan más la atención», comenta, por su parte, Chopelin. «Los artículos del NYT dan la impresión de que el episodio de la deuda ha sido ocultado de la historia de Francia, pero es que todo el siglo XIX es mal conocido y poco enseñado», considera. Aunque los historiadores consultados alaban el trabajo del periódico estadounidense y celebran su alcance -por ejemplo, el banco CIC anunció a través de un comunicado que va a financiar «trabajos universitarios independientes» para aclarar el papel que jugó en Haití hace dos siglos-, muchos también han afeado al NYT sus pretensiones, como si hubiera abordado un tema apartado por otros investigadores. «Los historiadores no dicen que el NYT se haya equivocado, sino que han exagerado su propia contribución, minimizando las de otros expertos», señala Cohen, que se pronunció minuciosamente en Twitter sobre la polémica. «Con todo, hay que decir y repetir que lo que han hecho es magnífico, porque han demostrado el extraordinario potencial de un periodismo histórico, de un matrimonio entre investigación histórica y periodismo», concluye. Notas: (1) Gusti-Klara Gaillard está habilitada para dirigir investigaciones (Universidad de París 1 Panteón Sorbona) sobre 'Haití-Francia: una práctica de las relaciones desiguales en los siglos XIX y XX. Economía, política, cultura'. Su trabajo sobre la indemnización que Haití pagó a Francia en el siglo XIX se apoyó en los trabajos de antiguos historiadores (Jean Fouchard, el padre Cabon..) y de colegas actuales (J-.F. Brière, M. Lewis, P. Force, F. Beauvois), además de en la ley Taubira.
03-06-2022 | Fuente: abc.es
Capturan en Colombia a los presuntos asesinos del fiscal paraguayo Marcelo Pecci
El presidente de Colombia, Iván Duque, de visita en Estados Unidos, anunció la noticia en una declaración en video, en tanto su homólogo de Paraguay, Mario Abdo, agradeció en Twitter el apoyo de los organismos colombianos en las pesquisas. Pecci fue asesinado en la playa de Barú, muy cerca de Cartagena, el 10 de mayo, mientras disfrutaba de su luna de miel. Se había casado el 30 de abril con la periodista Claudia Aguilera, quien está embarazada. El fiscal, de 45 años, investigaba casos de narcotráfico y crimen organizado. Su asesinato, cometido por sicarios que le dispararon desde motos de agua, conmovió a la sociedad paraguaya. «En una operación de trabajo compartido por parte de la Policía Nacional de Colombia, la Fiscalía General de la Nación de Colombia, y también con la colaboración de las autoridades paraguayas, hemos capturado a todos los presuntos involucrados, incluyendo al autor material, del asesinato del fiscal Marcelo Pecci, fiscal de Paraguay», dijo Duque. Desde la Base Conjunta Andrews, en las afueras de Washington, el presidente colombiano expresó su solidaridad con la familia del fiscal y con el pueblo paraguayo, y felicitó la celeridad de la actuación de las autoridades «para mostrarle al mundo que nadie está por encima de la ley». «Esta es una operación de inteligencia, de trabajo meticuloso que nos ha permitido llegar a esta estructura criminal, y estos criminales serán puestos a disposición de un juez de control de garantías», aseguró. «La evidencia con que se cuenta es importante, robusta. Se ha hecho una labor de pesquisa de investigación al detalle y quiero felicitar el trabajo compartido», agregó. Precisó que los detalles sobre las capturas se harán públicos una vez que termine el proceso de legalización de las detenciones y pasen por la revisión del juez
03-06-2022 | Fuente: as.com
Oficial: Willian José, vendido por la Real Sociedad al Betis
El delantero brasileño, que ha estado cedido durante la última campaña, fima hasta 2026 como futbolista verdiblanco. Ha marcado 11 goles y dado cinco asistencias en el Villamarín.
01-06-2022 | Fuente: elmundo.es
Los libros de texto copian a Podemos: "Los grandes medios de comunicación controlan nuestras mentes"
Los manuales dicen que "potencian la difusión de noticias falsas" y que "la sociedad es manipulada por grandes grupos de poder mediático" 
01-06-2022 | Fuente: abc.es
Kiev se fortifica ante las amenazas rusas de nuevo asalto
El tedioso atasco creado por los controles militares que franquean el acceso a Kiev desde el este permite regodearse con las vistas. El monumento a los Fundadores de Kiev, la Iglesia del Salvador, la Catedral de la Santa Dormición de la Iglesia Ortodoxa ucraniana o las decenas de bañistas que se refrescan en la playa del río Dniéper como si Ucrania no estuviera en guerra o como si, a menos de 200 kilómetros, en Chernígov, la artillería rusa no sacudiera los cimientos de la sociedad. En el tercer mes de guerra, dos Kievs muy distintas conviven en la ciudad más ansiada por Moscú. El Kiev militarizado, donde los soldados son omnipresentes y los carros de combate calcinados son expuestos en.. Ver Más
01-06-2022 | Fuente: abc.es
Kiev se fortifica ante las amenazas rusas de un nuevo asalto
El tedioso atasco creado por los controles militares que franquean el acceso a Kiev desde el este permite regodearse con las vistas. El monumento a los Fundadores de Kiev, la Iglesia del Salvador, la Catedral de la Santa Dormición de la Iglesia Ortodoxa ucraniana o las decenas de bañistas que se refrescan en la playa del río Dniéper como si Ucrania no estuviera en guerra o como si, a menos de 200 kilómetros, en Chernígov, la artillería rusa no sacudiera los cimientos de la sociedad. En el tercer mes de guerra, dos Kievs muy distintas conviven en la ciudad más ansiada por Moscú. El Kiev militarizado, donde los soldados son omnipresentes y los carros de combate calcinados son expuestos en.. Ver Más