Infortelecom

Noticias de religion

22-03-2019 | Fuente: abc.es
«La islamofobia no surge de repente. Hay que acabar con los discursos del odio»
Hace justo una semana, Ziyaad Shah sufrió tres heridas de bala en el tiroteo contra la mezquita de Al Noor, en la ciudad neozelandesa de Christchurch. En silla de ruedas, y con las cicatrices todavía quemándole en la pierna derecha y las nalgas, no ha querido perderse el rezo del viernes ante la tiroteada mezquita, celebrado al aire libre justo enfrente, en el parque de Hagley. Además de ser el día de oración más importante para la religión musulmana, la ceremonia se ha convertido en un multitudinario homenaje al centenar de fallecidos y heridos en la masacre. Un atentado terrorista que ha conmocionado al mundo entero y fue perpetrado por un joven australiano obsesionado hasta el odio asesino con los inmigrantes musulmanes, como el propio Ziyaad Shah, quien vino de Sudáfrica hace ya doce años y se sentía «inspirado» por la masiva asistencia al acto. «Hermanos y hermanas del islam. Hermanos y hermanas de Nueva Zelanda. La islamofobia mata», advirtió ante la multitud el imán de la mezquita de Al Noor, Gamal Fouda, quien sobrevivió al atentado de la semana pasada. Tras guardar dos minutos de un silencio sepulcral, solo roto por el helicóptero de la Policía que sobrevolaba el parque, Fouda pronunció un discurso en el que agradeció la respuesta de la sociedad neozelandesa, pero también alertó contra la creciente aversión a los musulmanes. «La islamofobia no nace de repente. El asesinato de 50 inocentes y las heridas que sufrieron más de 40 se deben a la retórica antimusulmana de algunos políticos y medios de comunicación. Pero el terrorismo no tiene raza, color ni religión. El supremacismo blanco y la extrema derecha son una amenaza para toda la humanidad y deben acabar ahora. Hay que detener los discursos del odio, en Nueva Zelanda y los países de alrededor. que siembran el miedo al islam», aleccionó el imán ante los varios miles de personas que se habían dado cita en el parque de Hagley. Además de los heridos, en primera fila, y los fieles musulmanes que asistían al rezo, acudieron numerosos vecinos de Christchurch para mostrar su solidaridad con las víctimas y su rechazo al atentado. Por respeto a la religión musulmana, la mayoría de las mujeres se cubrían la cabeza con un pañuelo, un sencillo gesto que el imán agradeció. «Gracias por vuestras lágrimas, gracias por vuestras ?haka? (bailes tradicionales maoríes), gracias por vuestro amor y compasión y gracias a nuestra primera ministra», dijo Fouda saludando la presencia de Jacinda Ardern, que tampoco quiso perderse esta ceremonia. Su gestión al frente de la crisis desde el primer momento, abrazando a los familiares de las víctimas y prohibiendo de inmediato las armas militares como la empleada en el tiroteo, ha supuesto una auténtica lección para los políticos de todo el planeta, cada vez más faltos de humanidad. «Gracias, Nueva Zelanda, por enseñarle al mundo lo que es amar y cuidar a alguien», añadió el imán para alabar la reacción de este pequeño país, cuya tranquilidad estalló en mil pedazos hace ahora una semana. «Este terrorista quería romper nuestra nación con una ideología malvada. Pero le hemos demostrado que Nueva Zelanda no se puede romper», animó Gouda entre los aplausos de los asistentes. Tal y como recordó, la semana pasada vio «odio y rabia en los ojos del asesino y hoy veo amor y compasión». Un ejemplo de unidad que ensalzó porque, según dijo, «tenemos el corazón roto, pero no estamos rotos. Estamos vivos, estamos juntos y estamos decididos a no dejar que nadie nos derrote», arengó mientras sus fieles gritaban tímidamente «Alá Akhbar» («Alá es el más grande») y el resto aplaudía. Con las emociones a flor de piel, como se ha vivido toda esta semana traumática en Christchurch, se dirigió a las familias de las víctimas para asegurarles que sus «seres queridos no han muerto en vano» porque «su sangre ha regado las semillas de la esperanza en todo el mundo». Abatidos por el odio irracional, concluyó que «no son solo mártires del islam, sino de toda Nueva Zelanda».
21-03-2019 | Fuente: elpais.com
?El terrorismo no tiene religión ni secta alguna?
El máximo responsable de la organización panárabe critica el intervencionismo de Occidente en Siria o Libia y alerta del riesgo de una crisis mayor en Argelia
21-03-2019 | Fuente: abc.es
Ya no es posible mirar a otro lado, practicar la política del avestruz o mantener una postura equidistante entre las críticas a Maduro y las invectivas contra la presión que ejerce sobre Venezuela el presidente Trump. El velo tiene que caerse, la hipocresía de la izquierda de salón occidental no puede resistir ante hechos patentes de sometimiento del pueblo con el arma del hambre, de asesinato de quienes no opinan igual. La difusión de imágenes reales de torturas a presos políticos, en las mazmorras del servicio venezolano de inteligencia, coinciden con el informe de la responsable de los derechos humanos de la ONU, la expresidenta Michelle Bachelet. La dirigente socialista chilena, que en su día envolvió al chavismo con un manto de piedad, ha admitido ahora que el régimen de Maduro ?ha reprimido las protestas con uso excesivo de la fuerza, asesinatos, detenciones arbitrarias, tortura y maltrato en prisión, amenazas e intimidación?. El correligionario español de Bachelet, Rodríguez Zapatero, que esta semana llegó y salió de Caracas con inquietante rapidez y sigilo, debería contarnos qué asuntos personales -según la interpretación de La Moncloa- le vuelven a llevar a Venezuela, después del fiasco de su mediación en años pasados y sus críticas a la apaleada y masacrada oposición.
20-03-2019 | Fuente: abc.es
Enterradas las dos primeras víctimas del ataque contra las mezquitas de Nueva Zelanda
En la zona musulmana del cementerio Memorial Park de Christchurch, rodeada de cruces y lápidas cristianas, este miércoles han sido enterrados los dos primeros de los 50 asesinados en el ataque del viernes contra dos mezquitas de esta ciudad neozelandesa. Se trata de Khaled Mustafa, un refugiado sirio de 44 años, y su hijo Hamza, de 16. Junto a la esposa y otro hijo, Zaid, llegaron hace solo unos meses a Christchurch huyendo de la guerra en Siria y, paradójicamente, han muerto en el primer atentado religioso que ha sacudido a Nueva Zelanda, uno de los países más seguros y tranquilos del planeta. Es el drama de muchas de las víctimas que perdieron la vida en las mezquitas de Al Noor y Linwood. Por muy lejos que habían huido de la violencia, está acabó encontrándolos incluso aquí en Nueva Zelanda, el fin del mundo. Pasadas las doce y media del mediodía (doce y media de la noche, hora peninsular española), el funeral empezó bajo una carpa blanca instalada junto a la zona donde se han excavado 50 tumbas para las víctimas de la masacre. Entre vallas y montículos de tierra, un par de cientos de personas alineadas en filas siguieron la «Janazah» (oración fúnebre musulmana), con las mujeres en la parte posterior separadas de los hombres. Ante los cuerpos envueltos en sudarios dentro de ataúdes abiertos y mirando a La Meca, el imán cantó cuatro veces «Allah Akbar» («Alá es el más grande») y los asistentes concluyeron con el saludo tradicional musulmán: «Salam Aleikun» («La paz sea contigo»). En medio de un silencio solo roto por los disparos de los fotógrafos, situados a unos cien metros al otro lado de la calle, padre e hijo fueron enterrados ante sus familiares y amigos, entre los que había muchos hombres ataviados con gorros y túnicas de color blanco y mujeres con velos negros. En silla de ruedas, al funeral asistió también el otro hijo, Zaid, que sobrevivió al asalto de la mezquita de Al Noor pero resultó herido. «Tras el tiroteo, vio morir a su hermano, que pudo decirle unas últimas palabras antes de fallecer», contó a ABC uno de los asistentes al funeral, Khalifa Hasi, miembro del comité que dirige dicha mezquita. «Vinieron huyendo de la guerra y han encontrado la muerte aquí, donde nunca había ocurrido nada así», se lamentó el hombre, que emigró de Libia hace 22 años y acudió cubierto con una chilaba. «Hemos conversado con la madre y está devastada, traumatizada? Apenas puede decir nada. Ella estaba hablando por teléfono con el marido cuando ocurrió el tiroteo», explicaron conmovidas dos mujeres, Nasreen Hanif y Gulshad Ali, a los periodistas congregados a las puertas del cementerio. Por su parte, otro de los presentes, Jamil El-biza, destacó la entereza del hermano superviviente, que «ha querido asistir al funeral y, pese a estar herido, ha estrechado la mano de todo aquel que le daba sus condolencias». A su juicio, «mucha gente ha venido el entierro, la mayoría sin conocer siquiera a la familia, porque nunca deberían haber muerto de esta manera, en un lugar donde jamás pensamos que pudiera ocurrir algo así». Por ese motivo, destacó que «lo que más nos mueve ahora es la compasión», un sentimiento que se ha traducido en «el silencio con que todos hemos hecho el luto, en paz». Procedente de Australia, de donde era el asesino, Mohamed Al Jibaly insistió en que hay que acabar con los discursos del odio y desligar el terrorismo de las religiones. «¿Deberíamos llamar a esto un atentado cristiano igual que a otros ataques los llamamos islamistas?», se planteó antes de alertar de una creciente ola contra lo musulmán. Preocupado, advirtió de que «estos pensamientos homicidas no vienen del vacío. Hay un caldo de cultivo que los provoca al culpar al islam de muchas de las cosas malas que ocurren en el mundo».
19-03-2019 | Fuente: abc.es
Nueva Zelanda se une contra el terror tras el atentado en las mezquitas
Emociones desbordadas en Christchurch, la ciudad de la isla sur de Nueva Zelanda rota por el salvaje ataque del viernes contra dos mezquitas durante el rezo del mediodía. Con flores, mensajes de condolencia, fotos, velas y ositos de peluche, los familiares y amigos de las víctimas están recordando entre lágrimas, abrazos y cánticos a los 50 asesinados a tiros por Brenton Tarrant. Detenido justo después de la masacre, este australiano de 28 años se retrata como un supremacista blanco en un manifiesto de 74 páginas colgado en internet contra los inmigrantes musulmanes. Para superar el trauma, jóvenes con la misma edad que Tarrant y adolescentes están dando unas muestras asombrosas de madurez, unión y solidaridad con las víctimas. Abrazados, un grupo de estudiantes de Tonga y Samoa cantan con lágrimas en los ojos «E Otua» («¡Oh, señor!») arrodillados antes las flores frente al cordón de policial que cierra el paso a la mezquita de Al Noor, donde Tarrant asesinó a tiros a 42 personas. «Hemos venido a mostrar nuestro apoyo a los hermanos y hermanas muertos y a sus familias porque nadie se merece algo así», dice uno de ellos, Owen Lemusu, originario de la isla de Samoa, en el Pacífico. A su lado, Michael Tukula, de Tonga, asegura que «ahora estamos más unidos que nunca» e insiste en que «Nueva Zelanda es un lugar seguro para los refugiados musulmanes que vienen huyendo de las guerras en sus países». Pero, por si acaso, promete que «a partir de ahora estaremos más alerta para que nunca vuelva a ocurrir una matanza así». Dejándose llevar por la emoción, uno de los policías que vigila la mezquita de Al Noor se acerca a los muchachos y, tras colocarse el fúsil automático a la espalda, se abraza a ellos. Poco a poco, el corro se va haciendo más y grande al unirse a ellos otros estudiantes, de todos los colores y religiones, que cantan abrazados y sin poder reprimir las lágrimas. Blancos, negros, asiáticos, cristianos, musulmanes, budistas? Todos se unen en una catarsis colectiva para exorcizar los demonios que haya podido despertar este atentado en la hasta ahora pacífica Nueva Zelanda, uno de los países más tranquilos e integradores del mundo. «No creo que la tragedia nos separe. Al contrario, nos hará más fuertes», señala Rodrigo Bueno, un brasileño católico que ha venido a rezar por sus amigos musulmanes. Arrodillado antes las flores en homenaje a las víctimas, las lágrimas le caen por la cara hasta tal punto que un joven policía, impresionado, deja su puesto de vigilancia y sale del cordón para fundirse en un abrazo con él. Ataviado con una camiseta de «Superman», que ha comprado para ser un superhéroe para su hija, nacida hace tres semanas, Bueno nos cuenta que llegó hace tres años a Nueva Zelanda «huyendo de la violencia de Brasil para montar una familia en un lugar con paz y seguridad». Tras encontrar un trabajo en la construcción y ser acogido con los brazos abiertos por todo el mundo, Christchurch es ya su hogar.
19-03-2019 | Fuente: abc.es
Las incertidumbres acumuladas hacia el final de la Guerra Fría en 1989 inspiraron todo un esfuerzo intelectual por anticipar cómo sería el mundo tras la implosión del comunismo. Francis Fukuyama habló en 1992 del «fin de la historia» (salvo para Putin) y planteó el inevitable triunfo de la economía de mercado y la democracia liberal, sin mucho más margen para la lucha de clases, revoluciones e incluso guerras. Samuel Huntington, el politólogo de Harvard, formuló en 1993 su propio paradigma en forma de «choque de civilizaciones». A su juicio, los conflictos de la postguerra fría no estarían basados en ideología sino en civilizaciones/culturas irreconciliables. Según el académico fallecido en 2008, la humanidad no comparte ni una misma civilización ni los mismos valores universales. Para Huntington, la más problemática de todas las civilizaciones era la islámica. Según un análisis en el que cuesta encajar cuestiones como las primaveras árabes, el mundo islámico no compartiría los mismos planteamientos que el mundo occidental y su cultura sería incompatible con ideales liberales fundamentales como el pluralismo, el individualismo o la democracia. Ya que la principal vinculación y vertebración del mundo musulmán es la religión, no sus respectivas naciones-estado marcadas por fronteras sangrientas. Huntington recomendaba mantener distancias, con la advertencia de que cuanto más se entremezclen la civilización occidental y la musulmana, peor serán las tensiones. Una conclusión muy difícil de encajar con la realidad cada vez más multicultural y cosmopolita del mundo moderno, en el que toda clase de sociedades insisten a diario en refutar el peligroso prejuicio de que diferentes religiones no pueden convivir y funcionar juntas. En última instancia, los más fervientes creyentes en el «choque de civilizaciones» son los extremistas más radicalizados, ya sea un australiano supremacista en Nueva Zelanda o un delincuente turco en Holanda reconvertido en islamista. Y nadie más allá de estas excepciones aberrantes, envilecidas por la violencia y el oportunismo político, debería fomentar la patraña de un conflicto tan mortal como inevitable entre el islam y occidente.
19-03-2019 | Fuente: abc.es
Un superviviente del ataque a las mezquitas: «Las balas me pasaron rozando la cabeza»
Al afgano Mirwais, que estaba rezando el viernes en una de las mezquitas tiroteadas de Nueva Zelanda, las balas le pasaron rozando la cabeza. Literalmente, como demuestran los rasguños que los proyectiles le han dejado en el cuero cabelludo. Por unos centímetros, Brenton Tarrant, un joven australiano cegado por el odio contra los inmigrantes musulmanes, no le voló la cabeza también a él, que se salvó ? nunca mejor dicho ? por un pelo. «Entró un tipo armado, con un traje negro y una cámara en la cabeza con una luz. Al principio pensé que era un policía de la unidad antiterrorista. De hecho, la primera persona que lo vio entrar hasta le saludó. Le dijo ?Hola, hermano?? Y este le pegó un tiro a bocajarro. Luego apuntó hacia nosotros y empezó a disparar», cuenta Mirwais ante la alfombra de flores y mensajes de condolencia frente al cordón policial que corta el paso a la mezquita de Al Noor, en el centro de Christchurch. El viernes, el día más importante del rezo para la religión musulmana, allí había unas 200 personas. «Algunos huyeron rompiendo las ventanas y otros por las salidas laterales. Como yo estaba en el centro, corrí hacia una de esas salidas, pero había mucha gente porque es una puerta pequeña. Cuando llegué, el terrorista estaba allí, disparando enfrente de nosotros, 35 o 50 balas..», recuerda Mirwais, deseoso de contar su historia para sacarla de su interior como si fuera un exorcismo. A su juicio, tuvo suerte porque «cuando el terrorista llegó abriendo fuego, me eché encima de la gente y una bala me pasó rozando la cabeza. Todavía tengo metal en el cuero cabelludo», dice enseñando la herida. Aprovechando que el asaltante desviaba su atención para ametrallar a los que intentaban escapar por la otra puerta, Mirwais salió corriendo y saltó un muro a una casa detrás de la mezquita. «Pensé que venía a por nosotros por el aparcamiento porque el sonido de las balas era atronador y crucé a otra casa. Como me había echado sobre los cuerpos, tenía sangre por toda la ropa. Mi cabeza estaba sangrando también», desgrana Mirwais, a quien una pareja asiática, asustada, no le dejó entrar en su vivienda. Tras saltar a otra casa, donde había un hombre mayor intentando curar a un herido, consiguió ponerse a salvo. «Aunque estábamos todos temblando de miedo al escuchar el tiroteo, conseguimos detenerle la hemorragia», se congratula con una tímida sonrisa que denota más tristeza que alegría. «Emigré de Afganistán en 2002 para escapar de las bombas y la guerra y jamás pensé que nos iban a matar aquí», se lamenta Mirwais, quien a sus 43 años se gana la vida como taxista y, hasta ahora, estaba muy feliz en Nueva Zelanda. «Este es un país maravilloso y su gente acoge a todos los que venimos. Nos quieren y nosotros también les queremos», clama mientras uno de los neozelandeses que le escucha aplaude emocionado. Aunque Mirwais ha perdido a varios amigos en el atentado, entre ellos el patriarca de la comunidad afgana, «Haji» Daoud Nabi, de 71 años, asegura que «seguiremos juntos porque un diablo no puede separarnos». Roto por el dolor, Mirwais recuerda que el anciano fue el primer refugiado afgano que llegó a Christchurch, hace ya más de cuatro décadas, y siempre ayudó a los nuevos inmigrantes. Su generosidad le llevó incluso a sacrificarse el viernes, cuando se interpuso entre el tirador y sus víctimas y cayó abatido por las balas. Ahora, sus paisanos esperan enterrarlo con honores de héroe en el funeral de Estado para todas las víctimas que tendrá lugar esta semana, cuando los forenses terminen las autopsias y las autoridades entreguen los cuerpos a sus familias para darles sepultura según el rito musulmán. A solo un kilómetro de la mezquita de Linwood, la segunda asaltada por Tarrant, los preparativos ya están en marcha en el Memorial Park y 50 tumbas se han cavado en la zona musulmana del cementerio de Christchurch. En esta barbarie, Nueva Zelanda no solo ha perdido esas 50 vidas, sino también su inocencia como uno de los países más seguros y tranquilos del mundo. Ayer, este corresponsal tomó un vuelo doméstico sin pasar por ningún control de seguridad pese a que el aeropuerto había sido cerrado la noche anterior por una «bolsa sospechosa». Con unos índices de delincuencia bajísimos y una permisiva ley de armas, Tarrant se aprovechó de dicha candidez para hacerse legalmente con el arsenal que utilizó para perpetrar esta matanza. Haciendo frente a la polémica, ayer compareció públicamente el dueño de la tienda donde compró sus fusiles semiautomáticos, David Tipple, quien no quiso entrar en el debate sobre las armas. «Lo que hacemos es legal y disfrutamos con libertad de actividades legítimas. ¿Por qué piensa la gente que las armas son un problema? El problema es que el tipo estaba loco», se defendió el responsable de Gun City, que se promociona con polémicos carteles donde aparecen niños disparando con su padre «en familia». Pero el Gobierno de la primera ministra Jacinda Ardern tiene decidido aprovechar la conmoción actual para restringir el uso de armas, como hizo Australia en los 90. Al final del mundo, Nueva Zelanda permanecía en un «espléndido aislamiento» al margen de todos estos problemas, como la inmigración y el control de las armas. Pero el mundo, cada vez más pequeño y globalizado, ha acabado atrapando a Nueva Zelanda.
18-03-2019 | Fuente: abc.es
Un superviviente del ataque a las mezquitas: «Las balas me pasaron rozando la cabeza»
Al afgano Mirwais, que estaba rezando el viernes en una de las mezquitas tiroteadas de Nueva Zelanda, las balas le pasaron rozando la cabeza. Literalmente, como demuestran los rasguños que los proyectiles le han dejado en el cuero cabelludo. Por unos centímetros, Brenton Tarrant, un joven australiano cegado por el odio contra los inmigrantes musulmanes, no le voló la cabeza también a él, que se salvó ? nunca mejor dicho ? por un pelo. «Entró un tipo armado, con un traje negro y una cámara en la cabeza con una luz. Al principio pensé que era un policía de la unidad antiterrorista. De hecho, la primera persona que lo vio entrar hasta le saludó. Le dijo ?Hola, hermano?? Y este le pegó un tiro a bocajarro. Luego apuntó hacia nosotros y empezó a disparar», cuenta Mirwais ante la alfombra de flores y mensajes de condolencia frente al cordón policial que corta el paso a la mezquita de Al Noor, en el centro de Christchurch. El viernes, el día más importante del rezo para la religión musulmana, allí había unas 200 personas. «Algunos huyeron rompiendo las ventanas y otros por las salidas laterales. Como yo estaba en el centro, corrí hacia una de esas salidas, pero había mucha gente porque es una puerta pequeña. Cuando llegué, el terrorista estaba allí, disparando enfrente de nosotros, 35 o 50 balas..», recuerda Mirwais, deseoso de contar su historia para sacarla de su interior como si fuera un exorcismo. A su juicio, tuvo suerte porque «cuando el terrorista llegó abriendo fuego, me eché encima de la gente y una bala me pasó acariciando la cabeza. Todavía tengo metal en el cuero cabelludo», dice enseñando la herida. Aprovechando que el asaltante desviaba su atención para ametrallar a los que intentaban escapar por la otra puerta, Mirwais salió corriendo y saltó un muro a una casa detrás de la mezquita. «Pensé que venía a por nosotros por el aparcamiento porque el sonido de las balas era atronador y crucé a otra casa. Como me había echado sobre los cuerpos, tenía sangre por toda la ropa. Mi cabeza estaba sangrando también», desgrana Mirwais, a quien una pareja asiática, asustada, no le dejó entrar en su vivienda. Tras saltar a otra casa, donde había un hombre mayor intentando curar a un herido, consiguió ponerse a salvo. «Aunque estábamos todos temblando de miedo al escuchar el tiroteo, conseguimos detenerle la hemorragia», se congratula con una tímida sonrisa que denota más tristeza que alegría. «Emigré de Afganistán en 2002 para escapar de las bombas y la guerra y jamás pensé que nos iban a matar aquí», se lamenta Mirwais, quien a sus 43 años se gana la vida como taxista y, hasta ahora, estaba muy feliz en Nueva Zelanda. «Emigré de Afganistán en 2002 para escapar de las bombas y la guerra y jamás pensé que nos iban a matar aquí» «Este es un país maravilloso y su gente acoge a todos los que venimos. Nos quieren y nosotros también les queremos», clama mientras uno de los neozelandeses que le escucha aplaude emocionado. Aunque Mirwais ha perdido a varios amigos en el atentado, entre ellos el patriarca de la comunidad afgana, Haji-Daoud Nabi, de 71 años, asegura que «seguiremos juntos porque un diablo no puede separarnos».
18-03-2019 | Fuente: abc.es
Putin celebra en Crimea el quinto aniversario de la anexión
Ante la indignación de las autoridades ucranianas, el presidente Vladímir Putin visita de nuevo Crimea, territorio que Kiev sigue considerando suyo. Lo hace para celebrar el quinto aniversario de la anexión de la península, que se cumple hoy día 18, participar en los festejos e inaugurar dos centrales térmicas y una subestación. Putin, que asistió también el año pasado a la apertura del inmenso puente que une Crimea con la Rusia continental, sigue utilizando la anexión de la península para tratar de catapultar su popularidad, algo mermada en los últimos meses a causa del empeoramiento del nivel de vida de los rusos. El máximo dirigente ruso intenta también demostrar que, tras su incorporación a Rusia, las cosas en Crimea van mucho mejor que cuando estuvo bajo la tutela de Ucrania. A juicio del portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, la situación ahora es mucho mejor "la gente lo puede comprobar de primera mano, ya que las cosas hablan por sí mismas". Putin inaugura hoy en Sebastopol el segundo bloque de la central térmica de Balaklávskaya (en Sebastopol) y por videoconferencia presenciará también la entrada en servicio de estación térmica de Tavrícheskaya, en las inmediaciones de Simferópol, y de una subestación. Tras romper lazos con Ucrania, el problema del suministro energético no está todavía solucionado del todo como tampoco el aprovisionamiento de agua. Al presidente ruso se le espera también en «Malájov Kurgán», el complejo conmemorativo en recuerdo de las distintas batallas habidas allí a lo largo de la historia, las más recientes durante la II Guerra Mundial o Gran Guerra Patria, como prefieren llamarla en Rusia. La culminación de la revuelta del Maidán en Kiev, el 21 de febrero de 2014, que puso en fuga al entonces presidente ucraniano, Víctor Yanukóvich, tuvo como continuación el despliegue de tropas rusas en Crimea. Los uniformes de los militares rusos fueron desprovistos de insignias identificativas. En presencia de esta fuerza de apoyo, los rebeldes prorrusos se adueñaron del Parlamento local y convocaron un referéndum para la incorporación a Rusia. La consulta se celebró el 16 de marzo de 2014. Según Bruselas, Washington y Kiev, la consulta se llevó a cabo sin garantías democráticas, pero Moscú y las autoridades prorrusas de Crimea proclamaron que su resultado fue aplastantemente mayoritario a favor de que el enclave volviera a pertenecer a Rusia. Según sus datos, los partidarios de la anexión superaron el 95%. Represión sin precedentes Pero lo cierto es que en estos cinco años, a juzgar por lo que relatan los líderes de los tártaros de Crimea, la península ha sufrido una ola de represión sin precedentes contra los detractores de la nueva situación. El enclave está completamente tomado por el Ejército ruso y policías enviados desde todos los confines del país, pero ello no ha evitado más corrupción. Los precios además se han incrementado considerablemente. La Alta Representante de Política Exterior y Seguridad de la Unión Europea, Federica Mogherini, sostiene en un comunicado que "desde la anexión ilegal por parte de la Federación Rusa, la situación de los Derechos Humanos se ha deteriorado significativamente. Los residentes en la península afrontan restricciones sistémicas a sus libertad fundamentales: expresión, religión o creencia, asociación y manifestación pacífica". Mogherini ha denunciado también el hecho de que el puente sobre el estrecho de Kerch se haya construido sin la autorización de Kiev. A su juicio, el puente y el control desmesurado de Rusia sobre el tráfico marítimo en Kerch «supone una violación de la soberanía y la integridad territorial del Ucrania». «La UE espera que Rusia garantice el tráfico libre de todos los barcos por el estrecho de Kerch y desde el mar de Azov», se señala en la nota y se recuerda que el ataque que sufrieron el pasado 25 de noviembre junto al estrecho de Kerch tres embarcaciones de la Marina ucraniana fue «injustificado», por lo que sus tripulantes, encarcelados actualmente en Rusia, «deben ser liberados sin dilación». La semana pasada, EEUU, la UE, Australia y Canadá, ampliaron las sanciones contra Rusia por lo sucedido en el estrecho de Kerch con los marinos ucranianos. Además, la Cámara de Representantes estadounidense aprobó el pasado martes un proyecto de ley que cierra completamente el paso a la posibilidad de que la anexión de Crimea pueda ser reconocida.
1
...