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Noticias de nacionalismo

28-05-2020 | Fuente: abc.es
Menos de 300 muertes y de 17.000 contagios, las claves de la lucha de Israel contra el coronavirus
Desde que el coronavirus traspasó las fronteras de Wuhan y comenzó a expandirse por el mundo, la Humanidad ha sido testigo de cómo se desata uno de esos periodos a los que se hace mención especial en los libros de Historia, de la fragilidad del ser humano y el falso control que tiene sobre su vida, así como de que hay casi tantas formas de enfrentarse a una crisis, en este caso sanitaria, como países existen. Qué método es más apropiado, solo el tiempo lo dirá; no obstante, lo cierto es que hay países que hasta el momento han registrado cifras muy bajas de casos confirmados y muertes en comparación con el resto. Es el caso de Israel, donde se han contabilizado 281 fallecidos, 16.771 contagios y 14.486 curados; unos datos que dejan entrever que han sabido controlar la pandemia y que han permitido la reapertura casi total de la economía. Lea Levi, inmigrante francesa y médica de familia en el hospital Meuhedet, explica que la contención de la Covid-19 se ha sustentado sobre cuatro pilares. El primero es «la precocidad con que se aplicaron las medidas: después del inicio de marzo, el Gobierno israelí empezó a someter a una cuarentena de dos semanas a todos los nacionales que volvían del extranjero; al mismo tiempo, la Maguen David Adom (Estrella Roja de David, el servicio de emergencia y asistencia médica) lanzó una campaña a nivel nacional de test que al principio se hacían a domicilio y después también en unidades móviles a las que los pacientes llegaban en sus vehiculos privados tras solicitar cita por una ?app?. Los resultados de los test llegaban directamente al médico que trataba al paciente, así como a su centro de salud». En segundo lugar la doctora habla de la situación geopolítica de Israel, algo que en principio constituye un hándicap se ha convertido en una ventaja en este caso, muy concreto. «Hay muy pocos desplazamientos, dadas las complejas relaciones diplomáticas con los países vecinos», expone, y añade: «Con respecto a las relaciones con la Autoridad Palestina, parece que israelíes y palestinos hayan llegado a un entendimiento, ?en favor del sentido común?, para evitar la propagación del virus». No solo se frenó la circulación de ciudadanos de una zona a otra, sino que también -como ya explicaba la agencia de noticias Efe dos meses atrás- «los enfrentamientos entre Israel y las milicias de Gaza han disminuido relativamente, del mismo modo que han descendido los sucesos en los territorios palestinos de Cisjordania y Jerusalén Este, aunque se mantienen las fricciones diarias». El hecho de que hubiese una relativa tranquilidad en la zona no evitó sin embargo que, el pasado 28 de marzo, el Ejército israelí bombardease, como respuesta a un disparo de cohete, puestos del movimiento islamista, Hamás, que controla la bloqueada franja de Gaza. Tampoco ha evitado que hace una semana, el líder palestino, Mahmud Abbas, volviese a anunciar que «la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y el Estado de Palestina quedan absueltos de todos los acuerdos y entendimientos con los gobiernos americano e israelí y todas las obligaciones contempladas en estos, incluyendo las de seguridad». Tal y como expuso el correponsal de ABC en Oriente Medio; Mikel Ayestaran, «Abbas mostró de esta forma su malestar con el plan de anexión de Cisjordania que los israelíes pretenden poner en marcha el 1 de julio y que supondrá el final de la solución de los dos Estados en la que trabaja la comunidad internacional, sin éxito, desde hace décadas». Tecnología y sistema sanitario Pero, volviendo al plano sanitario, Levi habla de una tercera razón por la que el virus no se ha cebado con Israel: «el uso de los datos personales de los individuos». «Una app [Hamagen] permite localizar por qué lugares hemos pasado y nos advierte de si hemos estado en contacto con un enfermo de coronavirus, en cuyo caso quedamos confinados», cuenta, y agrega: «A mediados de marzo se aprobó un decreto para utilizar los datos de los servicios secretos con el fin de localizar los casos y poder advertir a los contactos». Una vez que se detecta un caso positivo, «los pacientes reciben un kit de mascarillas, guantes, termómetro y oxímetro (mide la cantidad de oxígeno en sangre), además de llamadas diarias de un médico y del enfermero dedicado a seguir su caso», desgrana, puntualizando que esta sería la cuarta clave en la lucha de Israel contra el coronavirus. A todo ello hay que sumar la organización de la red sanitaria del país. «La situación se tomó muy en serio después del inicio de la crisis en China, cuando seguimos la espectacular construcción del hospital en Wuhan. A finales de enero recibimos las primeras cajas con material y mascarillas para atender a los pacientes que pudieran estar infectados. Desde principios de marzo comprendimos que la situación se agravaba muy rápido, por lo que limitamos la asistencia de pacientes a las consultas y desarrollamos las teleconsultas; se pospusieron las cirugías y consultas médicas no esenciales y se canceló la atención dental no urgente. Ha habido un largo periodo en el que paradójicamente los hospitales han quedado en calma antes que que llegase el pico de la epidemia», dice Levi, quien también explica las medidas que se tomaron, no solo a nivel organizacional, sino desde el punto de vista estructural: «Cada hospital israelí está construido de tal manera que en 24 horas puede desplegar un hospital de campaña bien equipado, se pueden utilizar en caso de guerra biológica u otro tipo de crisis sanitaria para aumentar su capacidad. También en los aparcamientos de los centros de salud hay marcas en el suelo de líneas telefónicas y de acceso a internet que permiten abrir rápidamente nuevos servicios». Esta forma de anticiparse a lo que pueda venir es quizás una muestra de lo que Rafael Dezcallar, diplomático español que vivió en el estado hebreo entre 1989 y 1992, llama en su obra «Entre el desierto y el mar» el síndrome de la seguridad: «Hasta que llegue la paz, las gentes de esta ciudad [Tel Aviv] grande y próspera seguirán sintiéndose vulnerables y frágiles. Miran el mapa y, a pesar de su fortaleza militar y de sus bombas atómicas ven a Israel como un país muy pequeño en medio de un mar árabe, en el que viven cientos de millones de persona, en su mayoría hostiles». Piedras en el camino No obstante, los buenos resultados que los israelíes han registrado hasta el momento en su lucha contra el coronavirus no implican que haya sido un camino de rosas. Levi califica la situación provocada por la pandemia de «una mala película histórica sobre la epidemia de la gripe de 1918 o la de la peste» y asegura que jamás se había topado con una patología con tanta variedad en el cuadro clínico: «Va desde personas mayores con paperas o diarrea hasta otros pacientes con dificultad respiratoria.. Además, nunca habíamos conocido una patología tan contagiosa». Aunque afirma que lo que más le sorprendió es «la larga duración de la incubación, de varias semanas, lo que hace imposible saber si las medidas tomadas eran las acertadas hasta entre dos semanas y un mes después». Al igual que el resto de la comunidad médica internacional, ella y sus compañeros se han visto obligados a aprender acerca de la Covid-19 a marchas forzadas; también se han enfrentado a momentos de tensión. «Para mí la semana más difícil fue la primera de abril por la cantidad de casos que saturaban los servicios de urgencias, las dificultades para que el personal se quedase en casas de retiro y, sobre todo, el tener que convencer a muchas familias de que tenían que separarse: por un lado, los miembros que habían dado positivo y que eran enviados a hoteles medicalizados y, por otro, los miembros que habían dado negativo; había que evitar la propagación del virus en el seno de la unidad familiar en el periodo de celebración de las fiestas de Pessah, la Pascua judía [conmemoración de la liberación del pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto]». Además, en medio de un contexto incierto en el que la política ha creado inesperadas alianzas -el conservador Benjamin Netnyahu y el centrista Benny Gantz han formado un Gobierno de coalición tras 16 meses de bloqueo político y tres elecciones infructuosas-, el estado se ha tenido que emplear a fondo para vigilar más de cerca a ciertos sectores de la población, que se han mostrado más díscolos a la hora de seguir el confinamiento. La ciudad en que vive Levi con su familia -tiene cinco hijos- es ejemplo de ello: Bnei Brak es una localidad judía ortodoxa de las afueras de Tel-Aviv; de sus 195.000 habitantes, 2500 se infectaron, convirtiéndola en la ciudad más afectada por la enfermedad en el país. El desconocimiento de las medida tomadas por el Gobierno, la invitación de algunas voces fuertes de la comunidad a seguir rezando en sinagogas y escuelas talmúdicas y la celebración de funerales masivos hicieron que las fuerzas del orden tuvieran imponer el confinamiento, lo que desató la indignación de los jaredíes (temerosos de Dios). Levi cuenta que en su ciudad hubo «un dispositivo de urgencia excepcional: una intervención del Ejército a tiempo para establecer un confinamiento militar con una limitación de desplazamiento de cien metros y bloqueos en la entrada de la ciudad. También se desplegó un centro detección accesible para todos, centro de manejo de pacientes ambulatorios y, como en las otras ciudades, el Ejército entregaba materiales médicos y paquetes de alimentos a los pacientes confinados». Lucha desde los laboratorios El ambiente de los barrios y las ciudades ultraortodoxos contrasta con el de Tel Aviv, ciudad improvisada, atestada de terrazas en las que se puede observar el carácter y estilo de vida mediterráneo de sus habitantes, «capital de gay» de Oriente Medio. También contrasta con Haifa, al norte de Tel Aviv, imán para los desarrolladores de startups y centro de innovación tecnológica mundial. En su polo científico se ubica el laboratorio de Bonus BioGroup, que desarrolla un medicamento (MesenCure) para tratar a pacientes de coronavirus y neumonía. Su proyecto tiene unas claras protagonistas: las células mesenquimáticas del tejido conjuntivo (MSCs), con las que la compañía ya tiene experiencia trabajando. Según explica en su nota de prensa, estas células se extraen del tejido adiposo de donantes sanos para someterlas a «una innovadora combinación de condiciones químicas, biológicas y físicas» y aumentar así su eficacia terapéutica. Se introducen en el cuerpo del paciente por vía intravenosa y ellas, activadas, se encargan de «alcanzar los pulmones y reducir su inflamación, regenerar los tejidos pulmonares deteriorados y mejorar la respiración y otros síntomas». Liad Vaknin, portavoz de la empresa, explica que «alrededor de 35 personas» trabajan en el proyecto y que lo hacen más rápido de lo normal, debido a la urgencia de la crisis: «Normalmente, el desarrollo de este tipo de medicinas dura entre tres y cuatro años. En las circunstancias actuales y con la aceleración del proceso, basado en tecnologías ya desarrolladas por la compañía, además de nuestra vasta experiencia en este campo y nuestra capacidad de fabricación, la empresa planea tratar a pacientes en seis meses», momento en que se espera que el fármaco ya esté disponible en hospitales y farmacias. Vislumbrando el día en el el producto salga al mercado, Liad afirma que, «sin duda», él y el resto del equipo sentirán «una gran satisfacción y un sentimiento de plenitud»: «Después de todo, la biotecnología no es una alta tecnología. La mayoría de nosotros podríamos haber ganado más dinero probablemente si hubiéramos elegido una profesión relacionada con las altas tecnologías. Sin embargo, escogimos la biotecnología para ayudar a quienes lo necesitan y mejorar las condiciones humanas. ¿Y que mejor oportunidad que esta?». Un mundo cambiante De lo que nadie duda ya es de que la crisis del coronavirus cambiará, si no lo ha hecho ya, algunas de nuestras costumbres y formas de ver la vida. «Como el mundo del trabajo, el de la medicina también se ha pasado al universo de los vídeos. En mi centro de salud, el Mehuredet, hemos tenido un aumento de las teleconsultas por teléfono y, especialmente, por vídeo. Creo que esto va a modificar completamente el comportamiento del paciente hacia su médico», expresa Levi. También hay voces que van más allá y hablan de cambios en el Nuevo Orden Mundial y del ascenso de los nacionalismos. Gadi Taub, historiador y columnista en el diario Haaretz, es un firme defensor de ello. Considera que las instituciones internacionales han fallado, lo que hará que la gente recurra instintivamente al estado nación, «que los internacionalistas han estado interpretando como villano desde el final de la Segunda Guerra Mundial». Según su parecer, hay dos razones: «la solidaridad que solo las sociedades nacionales pueden evocar entre sus ciudadanos (?), algo que no logran marcos más grandes como "Humanidad" o "Europa" , y la democracia», ya que, explica, «hasta ahora, los estados nacionales han demostrado ser el vehículo más efectivo para que las personas ejerzan control sobre su destino común». El historiador opina que es más fácil alcanzar la libertad en una «familia de naciones libres e independientes» que en una «Humanidad uniforme bajo una única élite». Para ilustrar su posición, que choca de plano con la de los internacionalistas, utiliza como metáfora los videos de seguridad que ponen en los aviones de pasajeros antes de despegar, que dicen «cuando viaje con una persona que necesita ayuda, primero póngase su propia máscara de oxígeno..», porque «está claro que, de lo contrario, reduciría su capacidad de ayudar a los otros. Si queremos someter esta enfermedad y salir de la crisis en forma razonable, es mejor que esperemos que Donald Trump, por poner un ejemplo, se ocupe primero de la economía de Estados Unidos. A menos, por supuesto, que Europa se contente con ver que el próximo plan Marshall provenga de China». También piensa que los datos registrados por Israel en su lucha contra el coronavirus no son casualidad, ya que «en comparación con Europa, ha batallado contra la crisis sanitaria» y ha salido más airosa. «Israel tiene una cultura ruidosa de desacuerdo, un desprecio por el orden y un número desproporcionado de individualistas inconformistas. Aunque los israelíes no son reacios ?per se? a establecer reglas, todos se inclinan a verse a sí mismos como la excepción. Aun así, la sociedad israelí ha conservado un fuerte sentido instintivo de solidaridad. Y esto puede explicar, al menos en parte, nuestro relativo éxito en el manejo de la crisis: cuando una sociedad está vinculada por la solidaridad, puede exigir a las personas que tengan precaución no solo para protegerse, sino también para proteger a los demás», expone. Y compara: «La UE no ha podido producir tales lazos de lealtad mutua. Y esta es la razón por la cual sus diversos estados miembros no tardaron mucho en volver a cerrar sus fronteras nacionales».
28-05-2020 | Fuente: abc.es
Un rebrote de anarquía
Un solo cuatrimestre puede dar para mucho. Entre enero y febrero, la Administración Trump celebraba como una especie de triunfo propio el brote de coronavirus originado en Wuhan. A los múltiples frentes abiertos con China ?comercial, geopolítico, tecnológico? se había sumado el Covid-19. Y de forma precipitada, Washington creyó que la balanza se inclinaba providencialmente a su favor. La idea inicial de los americanos es que los comunistas chinos, precisamente por su propia inclinación hacia el secretismo y a no quedar en evidencia, estaban fracasando calamitosamente en la respuesta al coronavirus. Y que al desprestigio del régimen de Xi Jinping habría que sumar un desastre económico sin precedentes. Hasta Wilbur Ross, el creepy secretario de Comercio de Trump, se atrevió a pronosticar que el terrible problema sanitario de China era una buena noticia para los trabajadores americanos, víctimas de la competencia desleal de la globalización. Por supuesto, este júbilo muy poco racional resultó ser pasajero. Conforme el virus empezó a expandirse por Occidente, la marea viral empezó a cambiar. Beijing quería demostrar que su creciente autoritarismo era la más efectiva receta contra la pandemia, que ellos no tenían responsabilidad alguna en el origen de la pandemia y que China saldría reforzada de esta crisis. Para que ese relato cuajase, se ha empleado más palo y zanahoria que nunca. Y tampoco ha venido mal para ese giro copernicano la demencial gestión de la Administración Trump frente al coronavirus. La incómoda verdad detrás de esta montaña rusa, según ha explicado el ex primer ministro australiano Kevid Rudd en la revista Foreign Affairs, es que tanto Estados Unidos como China tienen todas las papeletas para salir de la pandemia significativamente debilitados dentro y fuera de sus fronteras. Con el resultado de mayor anarquía y caos en el orden internacional en perjuicio de todos. Es lo que pasa cuando el nacionalismo avanza posiciones frente a la cooperación para perjuicio del comercio, la seguridad o cuestiones de vida o muerte como la gestión de pandemias.
23-05-2020 | Fuente: abc.es
Brexit en tiempos de pandemia
en medio de la emergencia del coronavirus, el gobierno de Boris Johnson tiene además que negociar con la Unión Europea un acuerdo económico y comercial permanente. El período transitorio por el que se siguen aplicando las normas comunitarias termina en diciembre de 2020 y los tories ha convertido en un principio sagrado su negativa a pedir la prórroga y seguir siendo lo que llaman un «Estado vasallo». El primer ministro, con su desenvoltura habitual, afirma que si Bruselas no le facilita las cosas está dispuesto a saltar al precipicio del «no acuerdo» y cortar por lo sano con el mercado europeo. Pero el equipo negociador de Michel Barnier no tiene prisa y se remite a lo establecido para la salida del Reino Unido en enero, en especial las garantías de que no habrá competencia desleal una vez fuera de la Unión y la regulación de la situación futura de Irlanda del Norte. Este territorio se mantendrá en la unión aduanera y, a cambio, habrá que establecer controles aduaneros en el Mar de Irlanda, un pacto del que ahora reniegan muchos conservadores en Londres. Brexit ya era un mal negocio antes del coronavirus. Con la economía en depresión y un gobierno fuertemente criticado por su reacción tardía ante el virus, tiene aún menos sentido el aislamiento británico y la desconexión de sus mejores aliados. Un buen ejemplo es la solicitud que han hecho de participar en el Sistema de Alerta y Respuesta Europeo ante las pandemias, después de haber causado baja en el mismo. En teoría, la salida de la UE permitía al Reino Unido jugar con más libertad en la globalización. Pero ese mundo de mercados abiertos y reglas multilaterales ha entrado en decadencia acelerada. Las tensiones entre Estados Unidos y China ilustran el auge del nacionalismo. Uno de los mejores antídotos sigue siendo la integración europea. La respuesta económica frente a la crisis, puesta en marcha desde las instituciones de la UE y alentada por Angela Merkel y Emmanuel Macron, desmiente una vez más las cansinas profecías anglosajonas sobre el final inminente del sueño europeo.
18-05-2020 | Fuente: abc.es
Francia y Alemania proponen un fondo de reconstrucción de 500.000 millones de euros para afrontar la crisis
Merkel y Macron han acordado luchar contra la recesión en la Unión Europea con un Fondo de Reconstrucción de 500.000 millones de euros «para apoyar a los sectores y regiones más afectados» con fondos del presupuesto de la UE y de acuerdo con las prioridades europeas, según un documento conjunto de los gobiernos alemán y francés. En particular, deben promoverse las inversiones en las áreas de cambio ecológico y digital y deben priorizarse las subvenciones sobre el crédito. «Europa debe permanecer fuerte y unida en esta crisis», ha dicho la canciller alemana, «la meta de esta propuesta es reforzar la solidaridad» y «que todos los países de la UE puedan reaccionar e impulsar de nuevo su economía con la misma fuerza». «Tenemos una auténtica estrategia común europea, ese es el mensaje», ha dicho por su parte Macron, subrayando que no se trata de créditos y confiando en que «los nacionalismos que vemos resurgir, las nuevas fronteras» retrocedan ante esta muestra de unidad. «Estamos convencidos de que este paso es necesario», ha justificado Merkel de cara a su electorado interno, «es necesario para que la UE siga teniendo futuro». También ha destacado la necesidad de aumentar la cooperación en el ámbito médico y sanitario para «demostrar que hemos aprendido las lecciones que nos ha dejado la crisis Covid-19». «Estoy muy satisfecha de que hayamos podido hacer hoy este anuncio y espero que sirva de impulso para Europa, puesto que siempre que hay entendimiento entre Francia y Alemania es bueno para todo el conjunto eurpeo».
10-05-2020 | Fuente: abc.es
Gigantes y pigmeos
Guerras tengas y las ganes. La maldición de la gitana se aplica a las guerras tal vez más que a los pleitos, ya que los supuestos vencedores acaban con problemas difíciles de superar de cómo remediar las heridas, cuidar las llagas mentales y morales, reedificar las ruinas, recuperar el coste, explotar la victoria sin perpetuar el odio y el resentimiento de los vencidos, y reconstruir un entorno habitable dentro de los «confracti rudera mundi» -por prestarle la frase a Virgilio- los fragmentos, es decir, de un mundo quebrado. Los vencedores suelen fracasar. Pensamos en los casos actuales de la incapacidad de los EE.UU. de gestionar sus victorias en Irak o en Afganistán, o en los desastres que se han conseguido los sauditas en Yemen, o los contrarrevolucionarios en Siria. Si remontamos al siglo veinte, tenemos ejemplos poco alentadores: entre otros muchos, la Primera Guerra Mundial, cuando la paz impuesta por los aliados condenó el mundo a hundirse económicamente y fomentó guerras futuras; la guerra civil española, cuyos efectos siguen dividiéndonos; la guerra de Corea, que enfrió la guerra fría; los conflictos digamos bajoimperiales de los británicos en Suez, Adén, Kenia, Malaya y las Malvinas, todos los cuales terminaron en victorias píricas que ni arrestaron ni el declive del Reino Unido ni la pérdida de su imperio. El caso más claro -que lleva, además, las lecciones más inquietantes para los líderes del mundo de hoy frente a la lucha contra el Covid-19- es el de la victoria que se celebra, con poco acierto, en la actualidad: la Segunda Guerra Mundial. En aquel momento el mundo tuvo una ventaja que nos falta en el día de hoy: líderes de la categoría gigantesca de Truman, que se demostró capaz de tomar una decisión tan arriesgada como la de lanzar la bomba atómica; De Gaulle, quien, a pesar de sus defectos de arrogancia personal, tenía una visión clara y moral de su deber patriótico y religioso; Stalin, que fue un monstruo pero un monstruo inteligente; y Churchill, que sabía bien las calidades que se exigen en momentos claves de destino histórico -«en la victoria, la magnanimidad, y en la paz la buena voluntad»-. Contemplando ahora los pigmeos que dictan el futuro del mundo se queda desesperado. Tenemos a un Trump -payaso malévolo-; un Xi y un Putin, quienes son, como Trump, entre los autores del regreso hacia un mundo posideológico de nacionalismos contundentes; un Boris Johnson, intentando pálidamente imitar a Churchill y gestionando la crisis del coronavirus aun peor que Pedro Sánchez, con un récord muy parecido de fracaso y de falta de preparación y una tasa de muertos aún más escalofriante; un Macron, cuyos instintos europeístas son recomendables pero que se muestra ineficaz ante una situación ingobernable; y una Merkel, que es, «hors pair», la gran dama del mundo pero cuya carrera política está tocando hacia su fin. Desgraciadamente, en la posguerra de la Segunda Mundial, aquella miríada de talentos no contó por nada. A Churchill el electorado británico echó de su puesto de primer ministro en 1945. De Gaulle también cayó víctima de la política francesa. Truman, dándose cuenta que como iban las cosas, no se presentó a las elecciones norteamericanas; Stalin quedó como el último de los titanes. La oportunidad de construir un mundo mejor se perdió. Terminamos con los bloques de la guerra fría, una Europa aplastada e incapaz de colaborar, una paz precaria custodiada por el temor a la bomba atómica, y una trayectoria económica mundial carente de valores morales ni medioambientales. ¿Y esos vencedores? Los EE.UU. sí venció y se convirtió en la superpotencia mundial. Pero no supo aprovechar del momento y se condenó a pagar el coste de liderar uno de bloques de la guerra fría contra el otro. La China nacionalista sí venció, pero al cabo de cuatro años se había hundido ante la ola maoísta. La Francia y el Reino Unido sí vencieron, pero la guerra había sido una prueba muy dura para las dos, dejando clara la imposibilidad de mantener sus imperios, ni de pagar siquiera sus deudas. La Rusia sí había vencido, pero cuando se tiene en cuenta las miserias de estalinismo, esa victoria acabó catastrófica para los rusos y los súbditos del imperio soviético. ¿Y esos vencidos? Alemania, Japón e Italia venían a ser los países modélicos del «milagro económico» de los años 50 y 60, mientras Francia y Gran Bretaña quedaban relativamente estancados. La recuperación del mundo -lenta y a tanteos- de los desastres de guerra tenía poco que ver con los políticos, sino con tecnócratas visionarios, como el Barón Descamps, autor de la reconstrucción de un sistema factible de arbitraje internacional dentro de la organización de la naciones unidas, George Marshall, que puso en marcha el plan homónimo para salvar las economías europeas, y Jules Rimet y sus colaboradores, quienes realizaban la visión más alentadora y más conmovedora de la historia moderna: la de una Europa cada vez más unida, capaz de restaurar el equilibrio político al mundo, y la prosperidad -racionalmente reglamentada en beneficio a todos- a sus ciudadanos. Es difícil pensar en una iniciativa más positiva, desde la fundación de los Estados Unidos -pero se trató en este caso de unas colonias mucho más fáciles de coordinar que las naciones europeas, entrañablemente enemistadas entre sí y reducidas a miseria y penuria- o tal vez la revolución francesa, que empezó bien pero terminó mal, extinguiendo las luces de la Ilustración en la sangre del terror. «La generación de los que sobrevivieron la Segunda Guerra Mundial», comentó la Reina Isabel la noche de la conmemoración de la victoria sobre los nazis, «supo que la mejor manera de honrar a los muertos fue evitar otra guerra más. La mayor respuesta a su sacrificio es que países opuestos ya se han convertido en colaboradores, trabajando juntos para conseguir la paz, la prosperidad, y el bienestar de todos nosotros». Pero ahora el Brexit coincide de una manera amonestadora con las respuestas divergentes entre los países de la Unión a la amenaza del coronavirus. No se puede confiar en las instituciones europeas para conseguir la soñada «estrategia de la salida» de la crisis. Ni tenemos líderes al nivel de sus responsabilidades, ni disponemos, por lo visto, en el campo de la gestión de la salud pública, de tecnócratas fiables, ya que los supuestos expertos en el tema han conseguido arruinar nuestras economías y empeorar nuestras vidas, sin lograr medios sostenibles de contener el virus. Por ahora no hay más remedio que volver a los consejos de Churchill, de los cuales también la reina británica hizo eco en su emisión: «aguantar la lucha y desafiar el desastre». Felipe Fernández Armesto es catedrático de Historia Mundial de la Universidad de Londres
10-05-2020 | Fuente: elmundo.es
C. Tangana: "En España, los nacionalismos van a utilizar el dolor de la gente para hacerse más fuertes"
Ha hecho canciones escuchadas cien millones de veces y se ha consolidado como icono de dos generaciones de jóvenes. El madrileño cumple 30 e inicia una nueva etapa 
08-05-2020 | Fuente: abc.es
El presidente Steinmeier: «Alemania es un país al que solo se puede amar con el corazón roto»
El Covid-19 ha impedido la celebración de los previstos grandes actos conmemorativos en este 8 de mayo en que se cumplen 75 años de la capitulación del III Reich y el final del nacionalsocialismo. Los miles de jóvenes procedentes de todo el mundo que habían sido invitados por el Gobierno alemán para participar en los actos centrales de Berlín no han podido viajar a la capital alemana. La conmemoración hubo de ser modificada y ha consistido en un solemne acto de recuerdo en el que, respetando la distancia de seguridad, han participado solamente la canciller Merkel, el presidente del Bundestag, Schäuble, y el presidente del Tribunal constitucional, Vosskuhle, que han escuchado en silencio un toque de trompeta y un discurso del presidente de Alemania, Frank-Walter Steinmeier, en el que ha celebrado la «liberación» y ha contextualizado su sentido en la actualidad de la crisis sanitaria y del resurgimiento de movimientos nacionalistas y xenófobos. «Alemania», ha dicho, «es un país al que solo es posible amar con el corazón roto». Ante el impresionante telón de fondo de la Neue Wache, edificio diseñado por el arquitecto alemán Friedrich Schinkel y presidido por un sobrio portal dórico, en cuyo interior la obra de Käthe Kollwitz titulada «Madre con hijo muerto» recuerda «a las víctimas de la guerra y la dictadura», Steinmeier ha tomado la nomenclatura que ya en 1985 estableció el entonces presidente de Alemania, Richard von Weizsäcker, y se ha referido al 8 de mayo como el «aniversario de la liberación». Una liberación «que tuvo que venir desde fuera porque este país estaba sumido en su culpa. Un nuevo comienzo democrático fue posible gracias al perdón. Pero también nosotros tuvimos parte en esa liberación, anunque por nuestra parte fue un proceso mucho más doloroso y largo que ha durado tres generaciones, un proceso de aclaración, de preguntas en el seno de las familias, de lucha contra el olvido». Steinmeier ha insistido en que ese proceso de libración no ha terminado. «No hay final para el recuerdo. No hay redención de nuestra historia», ha afirmado, «la liberación no se ha completado y debemos trabajar en ella todos los días». «Hoy los alemanes tendrían que liberarse de las tentaciones de los nuevos nacionalismos, de la fascinación del autoritarismo, de la desconfianza el aislamiento y la hostilidad entre las naciones, así como del odio y la agitación de la xenofobia y el desprecio por la democracia, porque son viejos espíritus malignos cubiertos solamente de una nueva apariencia», ha dicho, en clara referencia aunque sin citarlo al auge del partido antieuropeo y antiextranjeros Alternativa para Alemania (AfD), que ha coqueteado en ocasiones con la nostalgia del nazismo y que figura hoy como primer partido de la oposición en el Bundestag. Denuncia al terrorismo Steinmeier ha tenido palabras expresas de recuerdo para las víctimas de los atentados de extrema derecha de Hanau, Halle y Kassel, que han marcado los últimos tiempos de la política alemana y en los que aparece e nuevo aquella violencia nacionalista que permitió el ascenso del nazismo y derivó después en la II Guerra Mundial, que dejó atrás entre 60 y 70 millones de muertes. También ha recordado a los seis millones de judíos víctimas de la locura racial nacionalsocialista. Pero seguramente la palabra que más ha repetido en su discurso ha sido «agradecimiento». El presidente de Alemania ha agradecido su esfuerzo a aquella generación que el 8 de mayo de 1945, desde las cenizas de Alemania y desde una actitud de responsabilidad histórica, levantó un país en ruinas a base de esfuerzo y sufrimiento, la misma generación que es hoy la más atacada por el coronavirus. «Si miramos a aquel 8 de mayo de 1945, los alemanes estábamos solos. Militarmente vencidos, políticamente desahuciados y solos porque nos habíamos hecho enemigos de todo el mundo. Hoy, sin embargo, no estamos solos, ese es el mensaje feliz de este acto. Vivimos en una democracia fuerte, en el corazón de una Europa unida, y vemos el fruto de nuestro trabajo conjunto con países del mundo entero». «No sabemos cómo saldremos de esta crisis sanitaria, pero sí con qué actitud», se ha referido al reto del Covid 19, «una actitud de gran confianza en nuestro país, en nuestra democracia y en lo que podemos conseguir juntos». «El coronavirus nos ha impedido celebrar hoy grandes actos de recuerdo, pero aprovechemos este silencio», ha pedido el presidente alemán en una Avenida Unter den Linden desierta hasta donde alcanzaban a ver sus ojos. «Pido a todos los alemanes que piensen hoy en silencio en las víctimas de la guerra y el nacionalsocialismo, que fomenten ese recuerdo común en las familias y que reflexionen sobre lo que ha significado en sus propias vidas aquella liberación del 8 de mayo de 1945». «Los alemanes sentimos gratitud por la derrota que puso fin a la II Guerra Mundial», según las palabras de Steinmeier. «Hoy nosotros, los alemanes, podemos decir: ¡El día de la liberación es un día de gratitud!», ha proclamado, instando a la comunidad internacional a proteger «el orden internacional y la paz establecido desde 1945 y aumentar la cooperación, también en la lucha contra la pandemia».
04-05-2020 | Fuente: abc.es
El virus de Tucídides
Como tratamiento más efectivo contra el coronavirus, China promociona su creciente autoritarismo mientras que los Estados Unidos de Trump han empezado a recurrir a la conspiranoia. Si antes se decía que Pekín y Washington eran dos gigantes unidos por el bolsillo, ahora se puede hablar del comienzo de una guerra fría apalancada en conocidas tensiones preexistentes a la pandemia. Con frentes ya conocidos que abarcan desde el comercio hasta la tecnología pasando por la geopolítica. Es por esto por lo que la llamada «trampa de Tucídides», que pronostica con todo el pesimismo del realismo político conflictos inevitables cuando potencias emergentes cuestionan el status quo, parece haber envejecido mal. A partir de ahora, vamos a tener que empezar a hablar del «virus de Tucídides». Un virus que genera sobredosis grotescas de nacionalismo que para perjuicio de todos pueden llegar a lo irracional. Las preguntas e investigaciones sobre el origen del Covid-19 están más que justificadas ante la terrible crisis sanitaria planteada. Sin embargo, con su opacidad y suspicacia, la China especialista en construir muros no hace más que fomentar peligrosas teorías conspirativas. Con el agravante de que esta vez Pekín, con su cuestionable asertividad, intenta exportar su propio régimen de censura a los medios de comunicación internacionales e incluso a gobiernos extranjeros, vigilando lo que dicen y amenazando con represalias. En Estados Unidos, la campaña de reelección de Donald Trump pivota sobre China como culpable dolosa de la pandemia que en junio puede llegar a cobrarse diariamente las vidas de 3.000 americanos. La Casa Blanca, con más oportunismo que evidencias, está forzando un relato para consumo doméstico de cara a los comicios de noviembre con la aspiración de hacer olvidar la vergonzosa gestión del presidente. Ante este clima político tan deprimente, solo parece funcionar la sátira como antídoto. El New Yorker se ha atrevido a bromear que el destructivo Trump fue creado en un laboratorio secreto por los enemigos de Estados Unidos.
03-05-2020 | Fuente: abc.es
El desgobierno planetario frente al coronavirus
Sabemos desde hace décadas que las amenazas a las que nos enfrentamos ?sea la crisis climática, la proliferación de armas de destrucción masiva, las pandemias, el terrorismo, el crimen organizado y tantas otras? superan las capacidades de cualquier Estado nacional en solitario. Sabemos, por tanto, que solo sumando capacidades y voluntades nacionales, públicas y privadas, es posible articular una estrategia multilateral y multidimensional con ciertas posibilidades de éxito, enfocada principalmente a la prevención y a la respuesta común ante lo que nos afecte. Y, sin embargo, como bien demuestra la Covid-19, seguimos atrapados en un suicida enfoque individualista, mientras los órganos de gobernanza de la globalización muestran su impotencia para salir al paso. Nada de esto ocurre porque la Covid-19 sea un «cisne negro» absolutamente inesperado. De hecho, desde el final de la Guerra Fría, las pandemias ya figuran explícitamente en las Estrategia Nacionales de Seguridad de países como España y, en lo que llevamos de siglo, hasta en siete ocasiones la Organización Mundial de la Salud (OMS) emitió una emergencia de salud pública de importancia internacional. Tampoco es debido a la inexistencia de organismos multilaterales con mandato para preservar la seguridad humana. La ONU, único y legitimo representante de la comunidad internacional, fue creada para ello tras el brutal impacto de dos guerras mundiales. En su seno cuenta con agencias y departamentos potencialmente capacitados para ejercer ese papel? si sus 193 Estados miembros les dieran los medios necesarios. Pérdida de control El actual desajuste del sistema de gobernanza es el resultado, a escala nacional, de la doctrina neoliberal que logró imponer, ya en los años ochenta, la idea de que el Estado es parte del problema y el mercado es la solución. Así se ha llegado a un punto en el que los Estados han perdido el control de muchos procesos (sobre todo de la mano de actores económicos multinacionales) que afectan muy directamente al bienestar y la seguridad de sus ciudadanos. Por otra parte, el multilateralismo ha ido perdiendo defensores, como lo demuestra el hecho de que siquiera figura ya en el orden del día la reforma de la ONU, mientras Trump opta por salirse de la Unesco, la Unrwa, el Acuerdo de París o ahora también de la OMS, e incluso la Unión Europea muestra abiertamente sus fracturas internas poniendo en serio peligro su imprescindible proyecto de unión política. En lugar de avanzar por la senda que marcaba en 2005 Kofi Annan, en el último intento reseñable de actualizar la ONU, reclamando un nuevo orden internacional basado en el desarrollo, la seguridad y los derechos humanos para todos, la organización se ha quedado convertida apenas en un chivo expiatorio (para echarle las culpas por su inacción), en un aval a posteriori (para justificar determinadas acciones bélicas) o en un cajón de sastre humanitario (para paliar mínimamente los desastres provocados por aventuras militaristas o alguna catástrofe). Así se explica que, hasta hoy, el Consejo de Seguridad no ha logrado ni siquiera reunirse, a diferencia de lo ocurrido cuando estalló la pandemia del Sida o del Ébola. Y si hoy se puede achacar esa responsabilidad a China, temerosa de verse señalada con el dedo acusador, ayer fueron otros privilegiados como EE UU o Rusia los que recurrieron al mismo abuso para tapar sus vergüenzas. Sin gobernanza global efectiva ?es decir, sin ONU? el planeta se mueve a bandazos, acercándonos cada vez más a la ley de jungla, en la que cada Estado, dependiendo de sus propias fuerzas, trata únicamente de defender sus intereses e imponer su dictado a otros. Si eso podía valer antes de la entrada en la era nuclear, hoy resultaría ridículo si no fuera tan inquietante. Inquietante porque nos arrastra a una competencia en la que todos salimos perdiendo. Y, tal como se está comprobando, no sirven como sustitutos ni el G-7 ni el G-20. Arrinconado el primero por su falta de representatividad, el segundo, creado en plena crisis de 2008, tampoco ha sido capaz ?al igual que otros organismos como el FMI o el Banco Mundial? de ir mucho más allá de las declaraciones y puntuales promesas todavía por implementar. Cortoplacismo No debería haber ninguna duda de que necesitamos un policía mundial y un gestor planetario para atender a los problemas que compartimos en este desigual mundo globalizado, que no va a terminar cuando se supere la pandemia. Idealmente, la ONU debe ser la referencia central (sin olvidar a la UE a escala europea). Pero, al menos de momento, es el mismo cortoplacismo y el mismo nacionalismo mal entendido de 2008 el que ahora nos vuelve a dejar sin capacidad para contar con un órgano de dirección y coordinación a escala planetaria para responder a problemas que pueden suponer la muerte de cientos de miles de personas y la ruina material de muchos millones. ¿Hasta cuándo? Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre conflictos y acción humanitaria (Iecah) @SusoNunez
30-04-2020 | Fuente: abc.es
El retorno de las fronteras
America First» ?ese eslogan del ensimismamiento nacionalista de EE.UU. durante el periodo de entreguerras resucitado por Donald Trump? puede convertirse en la mejor etiqueta para identificar el mundo de la pospandemia. Un mundo mucho menos interconectado; bastante más unilateral; de fronteras tan solo entreabiertas; dominado por una desesperada preeminencia del Estado-nación; reluctante hacia el libre comercio; y donde el recelo y la desconfianza amenazan con desplazar a la cooperación y las alianzas como motor de las relaciones internacionales. Ante la traumática experiencia del coronavirus, ningún gobierno con un mínimo de responsabilidad y recursos propios va a seguir tolerando la dependencia generada por exportaciones procedentes de China para cubrir necesidades básicas de material sanitario y fármacos. La pandemia, aprovechada por toda clase de especuladores dispuestos a lucrarse con tanto sufrimiento, ha demostrado la fragilidad y la más que cuestionable fiabilidad de las cadenas globales de suministro. Dentro de este retorno de las fronteras con más fuerza que nunca, la pandemia estaría actuando como elemento acelerador de una serie de tendencias políticas destiladas desde hace tiempo: proteccionismo; relocalizar en casa la producción de bienes y servicios; mayores controles de fronteras; reducida aceptación a la hora de acoger inmigrantes y refugiados; y desafección con respecto a compromisos y alianzas internacionales. Un panorama al que solamente le hace falta una profunda recesión económica para recrear por completo la tragedia de los años treinta del siglo pasado. Es evidente que la pandemia debilita a la globalización y fortalece a los Estados. Ante una amenaza tan grave, resulta casi inevitable el impulso de buscar la autoridad, la organización y la capacidad financiera de los Estados. Y también resulta más que razonable aprender y rectificar los problemas expuestos por el coronavirus. Cambios y correcciones son inevitables. Sin embargo, el terrible resultado de estas circunstancias tan excepcionales sería una espiral virulenta de nacionalismo, con la consiguiente proliferación de conflictos. Lo peor que puede pasar es que lo inaceptable termine por convertirse en aceptable.
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