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Noticias de aborto

04-10-2020 | Fuente: abc.es
La ola de contagios amenaza con complicar la renovación del Supremo de EE.UU.
Hace tres días, la perspectiva de una remontada de Donald Trump en la campaña para su reelección era razonable. El presidente tenía en su mano una carta electoral inesperada: la renovación del Tribunal Supremo tras la muerte de la jueza progresista Ruth Bader Ginsburg. Trump apostó por un reemplazo expedito con una jueza conservadora, Amy Coney Barrett, que recordara al votante republicano lo valioso que es tenerle en la Casa Blanca: asegura una línea ideológica conservadora en el alto tribunal durante décadas. En la madrugada del viernes, el anuncio del positivo por Covid-19 de Trump tiñó de incertidumbre las elecciones. Pero, con el paso de los días y con la oleada de contagios, ha puesto en duda también la renovación rápida que buscaban en el Supremo. Ya son tres los senadores republicanos que han dado positivo: Mike Lee, Thom Tillis y Ron Johnson. Los dos primeros reconocieron su contagio el viernes, mientras que Johnson lo anunció ayer. Todos están en cuarentena y la evolución de su salud es decisiva en la confirmación de Barrett, ya que el Senado tiene reservada esa competencia y la mayoría conservadora es mínima. Los republicanos tienen 53 de los 100 escaños de la cámara alta, pero ya hay dos senadoras, Susan Collins y Lisa Murkowski, que dijeron antes de esta oleada de contagios que votarían en contra de impulsar la renovación del Supremo antes de las elecciones. La ironía es que dos de los senadores -Lee y Thillis- se contagiaron en el acto del pasado sábado en el jardín de las rosas de la Casa Blanca en el que se celebró la nominación de Barrett. Buena parte de los positivos que se han conocido estos días -incluido el presidente y la primera dama- estuvieron en aquella celebración, donde apenas hubo distancia social ni mascarillas. La confirmación de la nueva jueza es un asunto del máximo calado político. Los nueve magistrados del Supremo tienen cargos vitalicios y la entrada de Barrett supondría una mayoría conservadora de 6-3 en el intérprete último del sistema legal estadounidense, con la posibilidad de cambios importantes en, entre otros, la regulación del aborto, el control al acceso de las armas o la financiación electoral. Los demócratas han protestado con vehemencia la confirmación exprés de Barrett, después de que el Senado, también con mayoría republicana, se negara en 2016 durante meses a confirmar a un juez nominado por Barack Obama. Torpedear el proceso La enfermedad de estos tres senadores y su convalecencia podría estrechar las posibilidades para que haya confirmación antes del 3 de noviembre, la cita electoral. El líder republicano en el Senado, Mitch McConnell, aseguró ayer que el pleno recuperará sus sesiones el 19 de octubre. Mientras tanto, Lindsay Graham, el senador que preside el Comité Judicial, encargado del primer impulso para la confirmación de la jueza, dijo que las comparecencias para ello comenzarán el 12 de octubre, y que se harán de forma virtual si es necesario. Los demócratas protestaron por la intención de tratar de forma remota un asunto de tanta importancia y criticaron a la otra bancada por poner en peligro a los legisladores en medio de un aumento «rampante» de cosas, en palabras del líder de la minoría, Chuck Schumer. Los demócratas buscan torpedear el proceso de todas formas y forzar que no haya una votación hasta después de las elecciones, con la esperanza de que las urnas les devuelvan la Casa Blanca y la mayoría del Senado. En esas circunstancias, aunque el periodo de sesiones de la actual cámara alta iría hasta enero, es probable que haya más defecciones en el bando republicano. Además de la confirmación de Barrett, los contagios de Covid-19 han impactado de lleno en los esfuerzos para la reelección de Trump, más allá de su propia salud. El viernes se supo que su director de campaña, Bill Stepien, dio positivo. Tendrá que dirigir las operaciones desde su casa. Ayer se sumó a la lista Chris Christie, exgobernador de New Jersey, aliado de Trump y asesor en la preparación de debates.
30-09-2020 | Fuente: abc.es
Trump impone su juego en el debate más bronco que se recuerda
Muy malo es el partido de fútbol cuando el mejor es el árbitro. Así fue el primer debate entre candidatos a la presidencia de EE.UU., celebrado este martes por la noche, en el que solo se salvó el moderador. Chris Wallace, un respetado periodista de Fox News, fue el único que brilló entre las constantes interrupciones de Donald Trump y el desempeño mediocre de Joe Biden. El presidente llegó dispuesto a imponer su juego, a bajar al barro. Ya en la primera pregunta de la noche, el reemplazo en el Tribunal Supremo tras la muerte de la jueza Ruth Bader Ginsburg, apareció con el gesto torcido y se metió en el turno de respuesta de Biden, que defendió que «el pueblo estadounidense tiene derecho a decidir» el sustituto, por lo que se debe esperar hasta que haya un ganador de las elecciones. Las interrupciones de Trump a su rival demócrata fueron constantes, a pesar de que las campañas, como le recordó Wallace, habían pactado que se dejara hablar al rival en turnos de dos minutos. El moderador le conminó varias veces a respetar el turno de Biden, pero Trump hacía oídos sordos e incluso acusó a Biden de interrumpirle a él. «Francamente, usted ha interrumpido más», le respondió Wallace. El moderador fue incisivo con los dos candidatos, corrigió a Trump en alguna de sus falsedades e insistió en repetir las preguntas cuando alguno de ellos, en especial Trump, trataban de no responder. «Parece que estoy debatiendo contigo, no contra él», espetó el presidente a Wallace apenas comenzado el debate. El debate trató de tocar los asuntos de fondo que preocupan a los estadounidenses -epidemia de coronavirus, sanidad, economía, renovación del Supremo, aborto, tensiones raciales, legitimidad del proceso electoral- pero se enturbió con un tono áspero. Fue una bronca constante, provocada por Trump y de la que Biden no tuvo la capacidad de esquivar. El exvicepresidente con Barack Obama salió dispuesto a mostrar un contraste en el tono con Trump. Al principio, se limitaba a mostrar una sonrisa ante las afirmaciones más exageradas de Trump y en varias ocasiones trató de cambiar el rumbo y dirigirse «a los que estáis en casa», buscando a la cámara. «No estoy aquí para señalar sus mentiras. Todo el mundo sabe que es un mentiroso», dijo en los primeros compases. Pero el presidente acabó por desquiciarle. Se metió en cada turno de Biden, gritó más que él, tapaba su voz con «eso no es verdad» o «es mentira». El demócrata cayó en su juego: «¿tenéis idea de lo que dice este payaso?», «esto no es presidencial, sigue ladrando hombre», le dijo. Soliviantado, le acabó por soltar un «¿Por qué no te callas?», que se convirtió en la frase de la noche. El plan de Biden era centrarse en responsabilizar a Trump de los 200.000 muertos y de la crisis económica provocada por la epidemia de coronavirus y mostrarse como una figura moderada que devuelva la decencia a EE.UU. No lo hizo con efectividad, excepto cuando apuntó que «los millonarios y los multimillonarios como el presidente se han enriquecido» durante la pandemia mientras la mayoría del país ha sufrido. Entre tanta bronca, Trump colocó sus mensajes dudosos sobre la epidemia -«salvamos millones de vida», «la vacuna llegará muy pronto»- y apenas quedó tiempo para discutir la polémica de la semana: las revelaciones de 'The New York Times' sobre sus declaraciones fiscales, en las que en 10 de los últimos 18 años no pagó ni un dólar y, como presidente, solo 750 dólares, menos que cualquier estadounidense medio. «Pagué millones», zanjó Trump sin dar detalles de ello y contra las informaciones del periódico neoyorquino. Biden, dubitativo y falto de energía toda la noche, nunca le puso contra las cuerdas. Solo lo logró el moderador, cuando insistió en algunas de sus preguntas. Como sus planes para cobertura médica una vez que elimine el sistema impuesto en la presidencia de Barack Obama, para lo que no tuvo respuesta. O la insistencia del moderador sobre si Trump se compromete a no declararse ganador en las elecciones del 3 de noviembre hasta que no haya una certificación independiente (se negó e insistió en que el voto por correo, expandido por la pandemia, es un «fraude»). O cuando Wallace le conminó a condenar al supremacismo blanco y los grupos milicianos que lo apoyan. Primero trató de esquivar la condena. Wallace insistió. «¿A quién quieres que condene?», dijo el presidente, y el demócrata le propuso que condenara a los Proud Boys, un grupo de extrema derecha, que estuvieron entre los participantes en las protestas violentas de Charlottesville en 2017. «Proud Boys, dad un paso atrás y estad preparados», dijo Trump, sin una condena explícita, y cambió de tercio para condenar a los grupos 'antifa' de extrema izquierda. El debate tocó fondo en ese momento. También cuando Trump lanzó dardos personales contra Biden. Se esperaba que atacara su capacidad mental: «No hay nada inteligente en ti». También que utilizara al hijo del candidato demócrata, Hunter Biden, por sus negocios en Ucrania cuando Biden era vicepresidente. «Está totalmente desacreditado», insistió Biden sobre las acusaciones de que se enriqueció de forma corrupta. Pero Trump fue más allá cuando Biden le acusó de llamar «perdedores» a soldados como su otro hijo Beau, que fue a la guerra de Irak y murió años después por un cáncer. «A tu hijo lo echaron del ejército por cocainómano», le espetó a su rival, que solo pudo reconocer que, como muchas otras familias, la suya había tenido que superar ese problema. Fue quizá el golpe más bajo de un debate sórdido a ratos y caótico casi de cabo a rabo, el más bronco que se recuerda. El primer encuentro entre Trump y Biden agita todavía más a un país tensionado por una epidemia que no cesa y por las tensiones raciales del verano, con la incertidumbre de qué pasará cuando empiece el recuento electoral, con la seguridad de una guerra legal entre ambos partidos por los resultados y el temor a una escalada violenta.
27-09-2020 | Fuente: abc.es
Trump consigue un poder judicial a su medida con mayoría conservadora
Donald Trump se dispone a ultimar el que será sin duda el legado más duradero de su presidencia: una Corte Suprema a su medida. Cuando el presidente acabe su primer mandato, en enero, permanezca o no en la Casa Blanca, habrá renovado un tercio de la máxima instancia judicial de Estados Unidos con jueces conservadores, que ya conforman una clara mayoría de seis escaños frente a tres. En tiempo récord, con el apoyo casi unánime del Partido Republicano, el presidente se ha apresurado a nombrar una sustituta a Ruth Bader Ginsburg, fallecida hace apenas una semana, icono feminista de la izquierda estadounidense. La sustituta por la que se ha decantado Trump es Amy Coney Barrett, a la que él mismo nombró jueza federal en 2017, una magistrada firmemente conservadora que será la quinta mujer en ingresar en la bancada en toda su historia. Tras una semana de deliberaciones, el presidente anunció ayer su elección en una ceremonia solemne en el rosal de la Casa Blanca, y pidió a los demócratas «que le brinden a la jueza Barrett las vistas respetuosas y dignas que se merece y, francamente, que nuestro país se merece». «Pido a los legisladores y los medios de comunicación que se abstengan de ataques personales o partidistas. Los riesgos para nuestro país de ello son increíblemente altos», añadió el presidente. «La otra vez ya parecía fácil», bromeó, en referencia al proceso de confirmación, en 2018, del juez Brett Kavanaugh, que fue acusado de violación y recibió el voto en contra de los demócratas . A Trump le acompañó la propia candidata, que voló a Washington desde Indiana con su familia. La jueza Barrett proclamó su amor por su país y la Constitución y comenzó su breve discurso rindiendo homenaje a la fallecida juez Ginsburg: «No sólo rompió los techos de cristal, los pulverizó». Después, prometió hacer justicia, si es confirmada para el Supremo, por encima de ideologías y afinidades partidistas o personales. Fue una llamada a la concordia en toda regla: «Las desavenencias sobre asuntos de gran enjundia no deben influir sobre el respeto mutuo», dijo, antes de ponerse a disposición de los senadores para el proceso de confirmación que ahora empieza en el Capitolio. Tras la presentación, seis de los siete hijos de la jueza subieron con ella y su padre al escenario montado ante el Despacho Oval y posaron para algunas fotografías con el presidente y la primera dama. La jueza había dicho antes que sus hijos son su mayor orgullo y su mayor satisfacción. Los republicanos recibieron la noticia con júbilo, pues consideran a la jueza Barrett una gran defensora del «originalismo» conservador, que tiende a interpretar la Constitución en un sentido literal, ateniéndose a lo que dejaron escrito los padres fundadores de la nación en 1789. Los demócratas están incendiados, no tanto por la elegida como por la premura para nombrarla. Ni siquiera había sido enterrada la jueza Ginsburg, su féretro aun en el Capitolio de velatorio, cuando la Casa Blanca comenzó a filtrar el nombre de la sustituta el viernes. Duele especialmente en el partido de la oposición que en 2016 sus compañeros republicanos en el Senado se negaran a confirmar a un juez elegido para el Supremo por Barack Obama seis meses antes de las elecciones alegando que era mejor esperar a que comenzara la nueva legislatura en enero de 2017. Por aquel entonces, los republicanos controlaban las dos cámaras del Capitolio, y los demócratas ocupaban la Casa Blanca. Aquella estrategia de los republicanos bien podría haber sido un brindis al sol, porque las encuestas vaticinaban una apabullante victoria de Hillary Clinton. Sin embargo, al ganar Trump, este pudo nombrar a otro juez en lugar del que había propuesto Obama y a otros dos después, por la jubilación de Anthony Kennedy y la muerte ahora de Ginsburg. Ahora, los republicanos mantienen que sí tienen derecho a nombrar a un sustituto por la vía rápida porque controlan tanto el Senado, que vota a los jueces, como la Casa Blanca, que los propone. De media, el proceso para nombrar sustitutos en la bancada del Supremo suele ser de poco menos de 70 días, pero Trump está rompiendo todas las marcas este otoño, ante la cercanía de las elecciones presidenciales. En un principio, la semana pasada, algunos republicanos moderados mantuvieron silencio y hasta expresaron reservas para que no pareciera que estaban corriendo demasiado. Pero finalmente el nombre de la elegida les ha acabado de convencer a prácticamente todos, incluso al mayor crítico del presidente, el senador de Utah Mitt Romney, que hasta votó en contra de él en el juicio político del ?impeachment? del pasado mes de febrero. Si todo sale como la Casa Blanca quiere, las vistas orales en la comisión de Justicia del Senado comenzarían la semana del 12 de octubre. Allí los senadores -incluidos los demócratas- interrogarán a la jueza Barrett para decidir, si es que no lo han hecho ya, el sentido de su voto. Después el Senado en pleno votará como tarde el 29 de octubre. Se necesita una mayoría simple, de la que gozan los republicanos. En las elecciones de noviembre se renueva, además de la Presidencia y la Cámara de Representantes, un tercio del mismo Senado, y los conservadores podrían perder esa mayoría. Aun después de haber nombrado a tres jueces y haber ampliado la parte conservadora de la bancada, el Supremo le ha dado algún que otro disgusto a Trump. Le ha desarmado parte de su política migratoria y ha fallado, en contra del criterio de su Gobierno, que los homosexuales y transexuales están protegidos por el hecho de serlo por la ley de derechos civiles, que prohibe discriminación en el empleo. Trump de hecho ha expresado su insatisfacción con el Supremo, sobre todo con John Roberts, presidente del tribunal, al que nombró George Bush hijo y cuyo voto fue crucial para salvar la reforma sanitaria de Obama cuando el actual Gobierno trataba de desarmarla. Por eso, hace apenas tres semanas el actual presidente hizo pública una lista actualizada de candidatos al Supremo en la que había no sólo jueces de carrera, sino también varios senadores conservadores, incluido Ted Cruz, de Tejas. Una juez con un perfil netamente conservador En los tres años en que ha servido como jueza federal en Indiana, Amy Coney Barrett ha dejado claras sus opiniones legales, que reflejan en líneas generales un punto de vista netamente conservador, en línea con el sentir mayoritario del Partido Republicano, que es el que la va a confirmar. Por medio de sus opiniones publicadas sobre el aborto, la tenencia de armas, la inmigración y la discriminación en el trabajo, entre otros asuntos, la jueza Barrett ha dejado ya claro que si ingresa en el Supremo se va a alinear con la bancada conservadora, anclada esta en lo que se conoce como «originalismo», es decir la opinión de que la Constitución tiene un sentido fijo establecido en al momento de su ratificación en el siglo XVIII. La esperanza del Trump y del Partido Republicano, que ha saludado su elección, es que el aborto inducido vuelva a llegar al Supremo y que la nueva mayoría conservadora lo restrinja o lo ilegalice, revirtiendo el fallo anterior que lo autorizó «hasta que el feto sea viable», seis palabras que han provocado encendidas discusiones desde que fueron escritas en la sentencia de 1973. De hecho, la jueza Barrett escribió en un artículo en 2013, antes de ser nombrada jueza federal, que la polémica que rodea al caso Roe vs. Wade, el que legalizó el aborto, demuestra que hay fallos que tal vez sea necesario reconsiderar, porque la ciudadanía claramente no cree que de forma unánime «que se pueda declarar a un ganador en un dilema constitucional». La jueza Barrett es católica practicante, y los muchos oponentes del aborto en EE.UU. le alaban sus decisiones personales, como que compaginar el trabajo con sus siete hijos, el menor de los cuales tiene síndrome de Down, un motivo común de interrupción del embarazo en EE.UU. (hay estudios de la pasada década que aseguran que hasta un 75% de los diagnósticos tempranos en primeras fases de gestación acaban en aborto). En un voto particular de 2018, la jueza Barrett, por ejemplo, se opuso a una decisión de otros jueces en un tribunal que fallaron en Indiana a favor de permitirle a las madres el aborto aun por motivos como el sexo del bebé o alguna discapacidad detectada de forma temprana. En un caso de 2018 que ha incendiado a la izquierda que se opone a la selección de la jueza Barrett, esta falló en una sentencia que una universidad, la de Purdue, había discriminado a un estudiante varón en una investigación sobre una supuesta agresión sexual contra la que antes había sido la pareja de este. La estudiante denunció a su ex y compañero de facultad por haberla violado cuando dormían juntos. Según falló la jueza Barrett, la universidad desestimó pruebas y testimonios porque decidió creer ciegamente a la denunciante por el hecho de ser mujer, algo contrario al principio de igualdad ante la ley de la Constitución estadounidense.
26-09-2020 | Fuente: abc.es
Amy Coney Barrett, una juez con un perfil netamente conservador
En los tres años en que ha servido como jueza federal en Indiana, Amy Coney Barrett ha dejado claras sus opiniones legales, que reflejan en líneas generales un punto de vista netamente conservador, en línea con el sentir mayoritario del Partido Republicano, que es el que la va a confirmar. Por medio de sus opiniones publicadas sobre el aborto, la tenencia de armas, la inmigración y la discriminación en el trabajo, entre otros asuntos, la juez Barrett ha dejado ya claro que si ingresa en el Supremo se va a alinear con la bancada conservadora, anclada esta en lo que se conoce como «originalismo», es decir la opinión de que la Constitución tiene un sentido fijo establecido en al momento de su ratificación en el siglo XVIII. La esperanza del Trump y del Partido Republicano, que ha saludado su elección, es que el aborto inducido vuelva a llegar al Supremo y que la nueva mayoría conservadora lo restrinja o lo ilegalice, revirtiendo el fallo anterior que lo autorizó «hasta que el feto sea viable», seis palabras que han provocado encendidas discusiones desde que fueron escritas en la sentencia de 1973. De hecho, la juez Barrett escribió en un artículo en 2013, antes de ser nombrada juez federal, que la polémica que rodea al caso Roe vs. Wade, el que legalizó el aborto, demuestra que hay fallos que tal vez sea necesario reconsiderar, porque la ciudadanía claramente no cree que de forma unánime «que se pueda declarar a un ganador en un dilema constitucional». La juez Barrett es católica practicante, y los muchos oponentes del aborto en EE.UU. le alaban sus decisiones personales, como que compaginar el trabajo con sus siete hijos, el menor de los cuales tiene síndrome de Down, un motivo común de interrupción del embarazo en EE.UU. (hay estudios de la pasada década que aseguran que hasta un 75% de los diagnósticos tempranos en primeras fases de gestación acaban en aborto). En un voto particular de 2018, la juez Barrett, por ejemplo, se opuso a una decisión de otros jueces en un tribunal que fallaron en Indiana a favor de permitirle a las madres el aborto aun por motivos como el sexo del bebé o alguna discapacidad detectada de forma temprana. En un caso de 2018 que ha incendiado a la izquierda que se opone a la selección de la juez Barrett, esta falló en una sentencia que una universidad, la de Purdue, había discriminado a un estudiante varón en una investigación sobre una supuesta agresión sexual contra la que antes había sido la pareja de este. La estudiante denunció a su ex y compañero de facultad por haberla violado cuando dormían juntos. Según falló la juez Barrett, la universidad desestimó pruebas y testimonios porque decidió creer ciegamente a la denunciante por el hecho de ser mujer, algo contrario al principio de igualdad ante la ley de la Constitución estadounidense.
25-09-2020 | Fuente: abc.es
Trump se decanta por la juez conservadora Barrett para el Supremo
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se ha decantado por la jueza conservadora Amy Coney Barrett para ocupar en la Corte Suprema el asiento que pertenecía a Ruth Bader Ginsburg, fallecida de cáncer hace una semana, según filtró la Casa Blanca a varios medios norteamericanos a última hora de este viernes. Esa filtración se produjo justo cuando todavía tenía lugar en el Capitolio el velatorio de Ginsburg, al que acudió el candidato demócrata, Joe Biden. La jueza Barrett tiene la victoria garantizada porque los republicanos controlan el Senado, que es la cámara donde se votará su candidatura, y la apoyan mayoritariamente. Con su entrada en el Supremo, este quedará controlado por una sólida mayoría conservadora. Es tradición que cada presidente elija, si le corresponde hacerlo por muerte, recusación o jubilación, a los jueces del Supremo según su criterio y las opciones de éxito que puedan tener en el Senado. Este proceso de elección está siendo rapidísimo. Ni siquiera ha sido enterrada Ginsburg, un icono feminista para la izquierda norteamericana, y ya tiene sustituta elegida. Hasta ahora, este proceso de sustitución de un magistrado del Supremo ha tardado de media dos meses y medio. Ahora, el presidente Trump quiere que esté encarrilado y si es posible acabado antes de las elecciones del 3 de noviembre. Los demócratas se oponen, pero poco pueden hacer al ser minoría en el Senado. En 2016, tras la muerte del juez conservador Antonin Scalia, Barack Obama eligió al magistrado Merrick Garland para sustituirle, pero los republicanos, mayoría en el Senado, lo bloquearon, alargando el proceso hasta que Trump ganó las elecciones y llegó a la Casa Blanca. Por diversas circunstancias, el actual presidente ya ha renovado un tercio de los nueve asientos del Senado, un legado sin duda duradero y de gran relevancia, pues esos puestos son vitalicios. La jueza Barrett, de Indiana, estuvo en la Casa Blanca dos veces esta semana y competía, sobre todo, con la también jueza Bárbara Lagoa, de ascendencia cubana y natural de Florida. Barrett se doctoró en derecho con matrícula de honor por la universidad católica de Notre Dame y en su carrera como juez se ha opuesto en sus fallos, entre otras cosas, a la reforma sanitaria de Barack Obama y al aborto libre, un asunto de vital importancia para el Partido Republicano. A sus 48 años, será la quinta mujer en acceder al Supremo y la más joven en la actual bancada de nueve. Católica practicante, tiene siete hijos, uno de ellos adoptado en Haití y otro con síndrome de Down. La agrupación contra el aborto Susan B. Athony ha apoyado firmemente su candidatura, al considerarla «una excelente aliada del movimiento provida». Sustituye a una juez, Ginsburg, que estaba justo en el extremo opuesto, defensora en sus fallos y votos particulares de la libre interrupción del embarazo. El presidente Trump prevé anunciar su elección formalmente este sábado en una conferencia en la Casa Blanca.
20-09-2020 | Fuente: abc.es
La batalla política por la renovación del Supremo de EE.UU. es cosa de mujeres
La resaca de la muerte de Ruth Bader Ginsburg, la juez del Tribunal Supremo e icono progresista de EE.UU., ofreció este fin de semana imágenes de la brecha que separa al país. En la escalinata del alto tribunal, en Washington, o en la acera de la casa en la que Ginsburg creció en Brooklyn, se alargaban las vigilias, con tono sombrío, iluminadas con velas, cantos de «Amazing Grace» y carteles que decían «Respetad su deseo», en referencia al último llamamiento de la juez: que su reemplazo se elija después de la elección del 3 de noviembre. En los mítines de Trump, eléctricos, como en el de la noche del domingo en Fayetteville (Carolina del Norte), es otra historia. Los entusiastas del presidente han encontrado un nuevo cántico, que dominará el resto de la campaña electoral: «Fill the seat», «Ocupa la vacante», coreaban. La renovación del Senado es una batalla política de altos vuelos (el tribunal tiene un peso enorme en la configuración del país) que impacta de lleno en las elecciones. Los republicanos, que controlan la presidencia y el Senado ?los dos órganos decisivos en la elección de jueces?, tienen una oportunidad de oro para reforzar la línea conservadora del tribunal y perpetuarla durante muchos años (los jueces del Supremo son cargos vitalicios). En esta guerra, las primeras protagonistas son mujeres. Lo fue Ginsburg, despedida ?tanto por demócratas como republicanas? como una figura reverenciada en los progresos por la igualdad de género. Pero lo será también su sustituta, según ha reconocido Trump, que busca nominar y confirmar con rapidez a la nueva juez. Un proceso en el que el primer obstáculo serán, de nuevo, son dos mujeres, dos defectoras republicanas en el Senado. Trump aseguró el domingo que el reemplazo de Ginsburg será, «con mucha probabilidad», una mujer. Es una decisión que se esperaba. Elegir a un hombre hubiera exacerbado todavía más los ánimos del electorado demócrata, que amenaza con una movilización que expulse a Trump de la Casa Blanca y devuelva la mayoría en el Senado a los demócratas. La elección de una mujer acerca al presidente a un electorado clave: el de las mujeres suburbanas, de corte moderado, en estados decisivos, que podrían optar por inclinarse por el centrismo del candidato demócrata, Joe Biden. Las dos favoritas son dos juezas conservadoras, Amy Coney Barrett y Barbara Lagoa. El presidente dijo que ambas podrían hacer un trabajo magnífico y que son «muy respetadas». Las dos candidatas de Trump Amy Barret, conservadora de libro Con Barrett, Trump daría otro regalo al electorado conservador que le aupó en 2016. Asistente de Antonin Scalia -referente judicial conservador-, madre de siete, creyente y con posibilidad de dar la vuelta a la regulación del aborto. Sería, además, la jueza más joven del tribunal (48 años), lo que aseguraría esa impronta ideológica durante generaciones. Barbara Lagoa, gancho hispano Además de un historial judicial de enjundia -fue elegida el año pasado para la instancia inferior al Supremo con el beneplácito de los demócratas-, Lagoa aporta un activo a corto plazo: es de Florida y de origen cubano, en un momento en el que Trump necesita ganar ese estado y mejorar en el voto hispano. Cuatro defecciones En el Senado, que deberá confirmar la nominación de Trump, la mayoría ajustada de los republicanos les permite solo cuatro defecciones. Las dos primeras han sido mujeres, dos de las republicanas más moderadas de la cámara alta, Lisa Murkowski (Alaska) y Susan Collins (Maine). Ambas han asegurado que respetarán el precedente de 2016, cuando los republicanos, también con mayoría en el Senado, bloquearon durante ocho meses a un juez nominado para el Supremo porque era un año de elección presidencial. Ahora, a 43 días días de la elección, y empezando por su líder, Mitch McConnell, han cambiado de opinión. Los republicanos justifican el bandazo en que la situación es ahora distinta -el presidente y el Senado eran de distinto color político, al contrario que ahora-, aunque hace cuatro años esa no fue la explicación que se dio. Algunos, como Lindsay Graham, han tenido que comerse sus palabras. En 2016 dijo con claridad que se podrán «utilizar mis palabras contra mí», cuando defendió que si hay un presidente republicano y hay una vacante en el último año de su primer mandato habría que esperar a las elecciones. Murkowski, al contrario, defendió ayer que «debe aplicarse el mismo estándar» que se utilizó en 2016. En la víspera, Collins dijo que, igual que los republicanos defendieron hace cuatro años, el presidente elegido en las elecciones debería ser quien elija al nominado. Con ellas dos no basta. Mitt Romney, un senador crítico con Trump, podría sumarse al grupo. Algún otro, como Charles Grassley, dijo recientemente, pero antes de que muriera Ginsburg, que habría que esperar. Está por ver si también cambiará de opinión.
20-09-2020 | Fuente: abc.es
Trump asegura que nominará a una mujer para sustituir a Ginsburg en el Tribunal Supremo
Donald Trump anunció en la pasada madrugada que su intención es nominar a una mujer para reemplazar el hueco dejado en el Tribunal Supremo de EE.UU. por la muerte de la jueza Ruth Bader Ginsburg. El presidente de EE.UU. dijo por la tarde a los periodistas que «con mucha seguridad» será una mujer quien sustituya a la magistrada del sector progresista, que falleció el viernes a los 87 años, y cuya muerte ha provocado una sacudida en la política del país y en la reelección de Trump, que se disputa a principios de noviembre. El adiós de Ginsburg abre la posibilidad a Trump y a sus aliados republicanos en el Senado a reforzar la mayoría conservadora en el Supremo, que hasta ahora ha sido de 5-4 (aunque uno de los magistrados nombrado por republicanos, John Roberts, se ha alineado en ocasiones con la minoría progresista) y que pasará a ser de 6-3 cuando se confirme a la nueva jueza. La renovación del Supremo ha desatado una batalla política entre republicanos y demócratas, por ocurrir a pocas semanas de las elecciones, en las que se pone en juego la Casa Blanca y la renovación del Congreso, además de cargos estatales. La elección de los jueces del Supremo, que en los años venideros será decisivo en asuntos como aborto, derechos LGBT, acceso a armas o financiación electoral, es una de las grandes prioridades del electorado, sobre todo del conservador Los demócratas han acusado a los republicanos de la «más alta hipocresía» por bloquear en 2016 durante ocho meses a un juez nominado por el expresidente Barack Obama. La nominación del candidato corresponde al presidente y su confirmación, al Senado. Entonces, como ahora, el Senado estaba bajo mayoría republicana. Ahora, sin embargo, los republicanos han cambiado de opinión y están dispuestos a permitir que se vote al nominado por Trump. El éxito de esta operación dependerá de que no haya defecciones en sus filas. Los demócratas necesitan cuatro republicanos contrarios a que se vote al candidato hasta que no haya un resultado de las elecciones presidenciales. Dos senadoras, Lisa Murkowski y Susan Collins, ya han anunciado que su intención es esperar hasta que se sepa la opinión de las urnas. Pero será complicado que se amplíe la revuelta. Trump dijo que su intención de conseguir un nuevo magistrado conservador en el alto tribunal «vaya muy rápido». En 2016, su compromiso a colocar jueces conservadores en el Supremo fue una de las claves de su conquista del electorado conservador. «¡Ocupa la vacante!», fue uno de los gritos de guerra que se escuchó este sábado por la noche en el mitin que Trump dio en Carolina del Norte, uno de los estados en los que la situación está empatada entre él y el candidato demócrata, Joe Biden, que ha insistido en que hay que esperar al resultado electoral para elegir juez. El presidente maneja una lista de 45 posibles nominados a juez. Dos mujeres de la lista, Barbara Lagoa y Amy Barrett, ambas de corte conservador, están entre las favoritas. Trump dijo que las dos «son muy respetadas».
20-09-2020 | Fuente: abc.es
La muerte de la juez Ginsburg sacude la reelección de Trump
Las banderas amanecieron ayer a media asta en EE.UU. y las espadas de la política, en todo lo alto. El fallecimiento de Ruth Bader Ginsburg, una de las jueces progresistas del Tribunal Supremo, ha dejado al país entre el luto por una figura venerada y el olor a pólvora de una batalla entre republicanos y demócratas que afectará a la reelección de Donald Trump, a la renovación del Congreso y a la línea ideológica del sistema legal estadounidense. El viernes por la tarde, la campaña electoral por la presidencia tenía una hoja de ruta clara: mandaba Joe Biden sobre Trump, gracias en buena parte a la pandemia de coronavirus; el presidente, por su parte, centrado en su éxito económico hasta el virus y en un mensaje de «ley y orden» tras las protestas del verano. Ese armazón saltó por los aires con la noticia de la muerte de Ginsburg, de 87 años, integrante de la minoría progresista del alto tribunal. Hasta ahora, los jueces nombrados por presidentes republicanos gozaban de ventaja por la mínima (5-4), a pesar de que uno de ellos, John Roberts, se ha alineado con los progresistas en asuntos como inmigración, derechos LGBT y sanidad. Trump ?que tiene la potestad de nominar a un nuevo juez? y los republicanos ?que controlan el Senado, el órgano que lo confirmará en su puesto? tienen una oportunidad histórica para reforzar una mayoría conservadora (6-3) en el tribunal que podría alargarse varias generaciones. El cargo de juez del Supremo es vitalicio y el magistrado de más edad es uno elegido también por los demócratas, Stephen Breyer, de 82 años. El juez conservador de mayor edad es Clarence Thomas, de 72 años. Ideología dominante Con la renovación del Supremo, los republicanos se asegurarían una línea ideológica dominante en el Supremo durante muchos años, que podría afectar a temas como el aborto, el acceso a las armas o la discriminación por orientación sexual. Pero también se juegan su impacto en la reelección de Trump y en su mayoría en el Senado, ambos amenazados en las elecciones del 3 de noviembre. La principal cuestión es cómo afectaría el proceso de reemplazo de Ginsburg en los votantes. La posibilidad de un tribunal más conservador podría movilizar al voto progresista ?para quien Ginsburg ha sido un tótem?, conseguir el voto de mujeres de estados bisagra ?clave en las elecciones? y disparar las donaciones a la campaña de Biden. La posibilidad de un tribunal más conservador podría movilizar al voto progresista ?para quien Ginsburg ha sido un tótem? Trump, sin embargo, también podría jugar sus cartas. Al presidente le conviene que el debate político se aleje de su gestión de la pandemia y de los casi 200.000 muertos que acumula EE.UU. La composición del Supremo, de hecho, fue una de las claves de su ascenso al poder. Trump, un urbanita mujeriego, no es un conservador de misa dominical. Pero es un excelente muñidor de acuerdos: en la campaña de 2016, ofreció a los conservadores lo que más desean, más poder en el tribunal. En los mítines, insistió hasta la saciedad que llenaría el tribunal de jueces conservadores. Y cumplió: ya ha colocado a dos y ahora podría ser el tercero. La experiencia de 2018 demuestra que la elección de un juez conservador también excita a la contra al electorado demócrata. Parte de su avance en las elecciones legislativas de aquel año tuvo que ver con el proceso de confirmación del juez Brett Kavanaugh, que había sido acusado de agredir sexualmente a una joven en su juventud. Pero, sin duda, es un asunto que entusiasma más al votante conservador. En 2016, el 21% de los votantes dijo que su prioridad número uno era la composición del Supremo. El 56% de ellos votó a Trump y solo el 41% a Hillary Clinton. Hipocresía Antes de ir a las urnas en noviembre, habrá batalla en el Senado. El líder republicano en la cámara alta, Mitch McConnell, no tardó en anunciar que se llevará a votación al nominado que elija Trump, que ayer animó a impulsar la renovación «sin retraso». Los demócratas han estallado con acusaciones de hipocresía, después de que McConnell retrasara durante ocho meses en 2016 la votación de un juez elegido por Barack Obama, hasta que Trump ganó las elecciones. Varios senadores republicanos ya se han desdicho de su defensa a ultranza hace cuatro años de no confirmar a jueces en años de elección presidencial. El líder republicano en la cámara alta, Mitch McConnell, no tardó en anunciar que se llevará a votación al nominado que elija Trump, que ayer animó a impulsar la renovación «sin retraso» Los demócratas necesitan cuatro defecciones de republicanos en el Senado para impedir que se vote o se confirme al nominado. Algún republicano moderado ?Lisa Murkowski? ya ha dicho que no votará. Para alguno dispuesto a sumarse, como Susan Collins, hacerlo podría dañarle, porque se juegan su elección en noviembre. La batalla será cruenta. RBG, tótem judicial e icono pop «progre» Una tienda de regalos de la avenida Flatbush, en esas zonas gentrificadas de Brooklyn con jóvenes profesionales blancos, ha estado desde hace años llena de baratijas con el rostro de una juez del Supremo. Tazas, camisetas, imanes para el frigorífico. En ellas, la cara arrugada y cubierta de la montura de sus gafas de Ruth Bader Ginsburg. Pocas figuras han conseguido abarcar tanto respeto institucional e idolatría pop como ella. Jueces, ninguno. Acabó por ser rebautizada como «Notorious RBG», una referencia al rapero Notorious BIG. Ginsburg creció no demasiado lejos de esa tienda, en el Brooklyn de la inmigración judía de clase media tras la Segunda Guerra Mundial. En su barrio también jugaron Bernie Sanders y Woody Allen. Ginsburg creció entre el dolor y la ambición. Su hermana murió de meningitis a los 8 años. Su madre, de cáncer, un día antes de su graduación en el instituto. Fue pionera en la universidad y en el Derecho, azote contra la discriminación de género, la encarnación legal del movimiento para la igualdad de las mujeres. Y un referente desde su desembarco en el Supremo en 1993, la segunda mujer en conseguirlo. Diminuta, de aspecto frágil, su figura no paró de crecer como referente de la igualdad. Donald Trump la calificó tras su fallecimiento de «titán de la ley». En los últimos años, con la bancada progresista en minoría en el Supremo, fue un símbolo de resistencia y un icono progresista, una anciana octogenaria que levantaba pesas en el mismo despacho en el que escribía opiniones jurídicas.
19-09-2020 | Fuente: abc.es
Fallece la jueza Ruth Bader Ginsburg y se abre una guerra política por la renovación del Supremo de EE.UU.
El Tribunal Supremo de EE.UU. ha informado este viernes del fallecimiento de Ruth Bader Ginsburg, la jueza decana de la más alta instancia judicial del país. La muerte de Ginsburg, de 87 años, se produce en plena campaña electoral para la reelección de Donald Trump y supone un terremoto político de consecuencias inciertas. El relevo de la magistrada podría afectar a la composición ideológica del órgano decisivo sobre la interpretación de la Constitución y del sistema legal del país y provocará una batalla en el Senado que afectará a las elecciones del próximo noviembre. Ginsburg, un bastión progresista en el Tribunal Supremo y un icono pop para los sectores izquierdistas de EE.UU. en la recta final de su vida, falleció por «complicaciones en un cáncer metastásico», informó el tribunal en un comunicado. La jueza llevaba más de dos décadas de pelea contra el cáncer. Ya en 1999 tuvo que ser tratada por un cáncer de colon, una dolencia que en los últimos años sufrió también en el páncreas y en los pulmones. Ginsburg fue una figura central en la lucha contra la discriminación por cuestión de género antes de incorporarse al Supremo. La nombró para el cargo el presidente Bill Clinton en 1993. Entonces, era solo la segunda mujer en vestir la toga del criminal en la historia de EE.UU. El escenario político que abre la muerte de Ginsburg es volcánico. Donald Trump y los republicanos del Senado -el órgano encargado de confirmar la nominación de jueces del Supremo- tienen tiempo suficiente para colocar un nuevo juez antes de que se elija un nuevo presidente y se renueve un tercio de la cámara alta en las elecciones del 3 noviembre. También podrían hacerlo después de las elecciones, porque la presidencia y el Senado no cambiarían de manos hasta enero. La renovación del Supremo ha sido una de las grandes cartas electorales de Trump. En las elecciones de 2016, el entonces candidato insistió hasta la saciedad en la importancia del alto tribunal para conquistar a votantes conservadores incómodos con un multimillonario lenguaraz y mujeriego. Trump ha cumplido con creces con ese electorado en su primer mandato: ha tenido la oportunidad de colocar a dos jueces y ha nominado a magistrados conservadores. Ahora tiene la oportunidad de elegir a un tercero cuando su primer mandato está a punto de concluir. Si lo consigue dejaría un Tribunal Supremo con una línea mucho más conservadora que el que encontró, con seis jueces nominados por republicanos y solo tres elegidos por demócratas. Esta nueva supermayoría conservadora podría determinar el futuro de EE.UU. en asuntos centrales -aborto, discriminación racial, acceso a armas, derechos LGBT, financiación electoral- e inclinar al país hacia esa posición ideológica durante muchos años (el cargo de juez del Supremo no expira). Trump conoció la muerte de Ginsburg de la mano de los periodistas. Nada más acabar un mitin en Minnesota, de camino al avión presidencial, los periodistas le pidieron una reacción al fallecimiento. «¿Ha muerto?», contestó con gesto de sorpresa. «Tuvo una vida increíble, ¿qué más se puede decir? Fue una mujer increíble, estuvieras de acuerdo con ella o no. Me entristece escucharlo». Después, en un comunicado, destacó sus esfuerzos para conseguir la «igualdad legal de las mujeres y de los incapacitados» y la calificó de «titán de la ley». La renovación del Supremo con la campana a punto de sonar para Trump devuelve la mirada a 2016. En marzo de aquel año, ocho meses antes de las elecciones presidenciales que encumbrarían a Trump, Barack Obama eligió al juez Merrick Garland, progresista, para ocupar el hueco dejado por Antonin Scalia, conservador. Entonces, como hoy, el Senado estaba bajo mayoría republicana. También como hoy, su líder era Mitch McConnell, senador republicano por Kentucky. Bajo su mando, los republicanos obstaculizaron el proceso de confirmación de Garland para evitar un nuevo juez progresista en el Senado. Defendieron entonces que no era justo en año de elección presidencial votar a un nominado por un presidente saliente y que había que dar voz a los votantes para que eligieran al presidente que nominara al siguiente juez. La jugada funcionó: Garland no fue confirmado, Trump ganó las elecciones y nominó a un juez conservador, Neil Gorsuch, que el Senado confirmó. Cuatro años después, aquella justificación de McConnell y los republicanos ya no sirve. Al menos para McConnell, que, poco después de la muerte de Ginsburg, anunció que haría lo que no permitió en 2016: se votará al nominado que Trump elija. En un comunicado, McConnell justificó que la situación es distinta. Entonces había un Senado elegido para oponerse a Obama. Ahora, el Senado está elegido para cumplir la agenda de Trump. Lo que queda por delante será una batalla encarnizada en el Senado, que afectará a la composición del Supremo, a la elección del presidente y a la configuración del Senado. Está por ver si una elección ?in extremis? de un juez conservador moviliza al electorado demócrata o, quizá, reafirma al votante conservador sobre la importancia de elegir presidente y senadores con capacidad de influir en la composición del Senado. El candidato demócrata, Joe Biden, terció en el asunto nada más conocer la muerte de la jueza: «Los votantes deben elegir al presidente. El presidente debe elegir al juez. Esa due la posición que el Senado republicano tomó en 2016. Esa es la posición que debe tomar hoy». Los demócratas necesitan al menos tres defecciones republicanas para evitar la confirmación del nuevo juez antes de las elecciones. Lisa Murkowsk i, senadora republicana por Alaska, ya dijo este viernes que se opondría. Otros republicanos de estados moderados que se juegan el escaño podrían seguirle. Otros, como Lindsay Graham, que sostuvieron en su día que nunca confirmarían a un juez del Supremo en año electoral, tendrán que comerse la hemeroteca si no lo hacen. Pocos días antes de su muerte, Ginsburg dictó un último deseo a su nieta, Clara Espera: «Mi deseo más ferviente es que no sea reemplazada hasta que haya un nuevo presidente». Que se cumpla o no es será la gran batalla política de este otoño, junto a la reelección de Trump.
19-09-2020 | Fuente: abc.es
El aborto, la fosa que separa a Trump y Biden en la campaña electoral
Desde la sentencia del Tribunal Supremo conocida como «Roe versus Wade», que hace casi medio siglo despenalizó el aborto por 7 votos frente a 2, no existe probablemente en Estados Unidos debate social más controvertido y apasionado que el de la interrupción voluntaria del embarazo. Y este año electoral no es una excepción. La novedad quizá estriba en la nitidez con que los dos contendientes a la Casa Blanca defienden sus posiciones: Donald Trump en contra de la práctica abortista, y Joe Biden a favor. Otra peculiaridad del debate de este año es su argumentario laico: pese a que a Trump tiene el respaldo sin fisuras de los líderes protestantes evangélicos, él no oculta su desinterés personal por la práctica religiosa. Biden, en cambio, ha jugado en varias ocasiones la baza de ser -por tradición familiar y origen irlandés- «católico y practicante», aunque defienda en materia de protección del nasciturus una posición meridianamente contraria a la doctrina de la Iglesia. Donald Trump quiere culminar lo que ya prometió antes de llegar a la Casa Blanca en 2016: lograr que el aborto sea ilegal en Estados Unidos y vuelva a estar penalizado, salvo para los casos de violación y grave peligro de la vida de la madre. El presidente republicano logró en su primer mandato situar en el Supremo a dos jueces antiabortistas, aunque el equilibrio sigue siendo favorable a Roe v. Wade. Junto a eso, centenares de jueces provida han llegado a los tribunales de justicia de los estados, facilitando en muchos de ellos restricciones a las prácticas abortistas. Alabama es el caso más emblemático. Paralelamente, el presidente Trump ha prohibido la entrega de fondos federales a las organizaciones que practican el aborto o facilitan los trámites y el acceso a las clínicas abortistas. No solo en los Estados Unidos. Algunas organizaciones internacionales, en particular Planned Parenthood, que promueve la planificación familiar y el aborto en el Tercer Mundo, han perdido millones de dólares en fondos del Gobierno federal. La denostada por los demócratas Enmienda Hyde prohíbe que el dinero federal de los contribuyentes financie prácticas contra la vida, un principio que algunos abortistas denuncian como «hipócrita» porque el dirigente republicano es abierto defensor de las armas y de la pena de muerte. «No para las víctimas inocentes en el vientre de la madre», suele replicar Trump. Irónicamente, si hay un candidato que ha tenido una experiencia fuerte con el drama de la muerte de seres queridos es Joe Biden. Años después de casarse, y ya con tres hijos, perdió a su primera mujer y a una hija en un accidente de tráfico. En 2015 su hijo Beau -que apuntaba una brillante carrera política- murió de un tumor cerebral. Joe Biden, que en ocasiones ha mostrado el rosario de su hijo que porta en una muñeca como señal de religiosidad, defiende no obstante la postura oficial de su partido en materia de aborto. Es «un derecho ya adquirido de la mujer» que él promete defender, aunque la moral católica respecto al no nacido no admite dudas ni excepciones. Consciente de que, pese a una eventual victoria en las presidenciales de noviembre, el Tribunal Supremo podría experimentar pronto un vuelco en favor de una mayoría de magistrados provida, el candidato demócrata promueve una ley federal dirigida a blindar el aborto. Si en su día se aprobase en el Congreso, la ley mantendría la práctica abortista despenalizada en todo el país aunque el Supremo llegara a revocar «Roe v. Wade». Para ello los demócratas necesitan no solo colocar a Joe Biden en la Casa Blanca sino también la victoria de sus candidatos en la renovación de las dos cámaras.