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Noticias de aborto

27-10-2020 | Fuente: abc.es
El Senado de EE.UU. aprueba el ingreso en el Supremo de la juez conservadora Barrett
El Senado de Estados Unidos ha aprobado la noche de este lunes el ingreso de la juez conservadora Amy Coney Barrett en el Tribunal Supremo, uno de los procesos de confirmación más rápidos de la historia. Han votado a favor 52 senadores, todos los republicanos menos Susan Collins, de Maine. Todos los demócratas e independientes han votado en contra. Así, Donald Trump ha dejado ya una marca indeleble en Estados Unidos, gane o pierda las elecciones del próximo 3 de noviembre. Con el ascenso de la juez Barrett al Supremo, este, encargado de velar por que se respete la Constitución, tiene ya una sólida mayoría conservadora que durará con toda probabilidad largas décadas, a no ser que los demócratas se propongan ampliar las bancada. No sólo es que el actual presidente haya nombrado ya a tres de los nueve jueces del Supremo, es que desde que llegó a la Casa Blanca en enero de 2017 ha elegido a 219 magistrados federales, de los casi 800 que hay. La judicatura será, sin duda, el legado más duradero de la era Trump. La confirmación, este lunes, de la juez Barrett en el Senado fue, como viene siendo habitual en Washington en los pasados años, un espectáculo a ratos digno de un circo de tres pistas. Los demócratas han tratado de boicotear el proceso a cada paso, ausentándose y tratando de prolongar la votación con todo tipo de artimañas. Los republicanos, temerosos de perder poder en las elecciones, han acelerado como nunca se ha visto antes, para acabar con el trámite lo antes posible, con debate en domingo y en tiempo récord. Y la Casa Blanca insistió en que presidiera la sesión el vicepresidente, Mike Pence, cuyo cargo es también el de presidente del Senado, a pesar de que varios estrechos colaboradores suyos han dado positivo por coronavirus y lo lógico sería que estuviera guardando cuarentena estos días. Finalmente, Pence se ausentó de la votación. En todo caso, todas estas batallas no eran más que distracciones del hecho de que Barrett, de 48 años, es la quinta mujer en acceder al Supremo en toda su historia, y la segunda conservadora tras Sandra Day O?Connor. Es jueza federal desde 2017, y durante su carrera en la magistratura y antes ha dado pruebas de que es una jurista conservadora en el sentido de que tiende a interpretar la Constitución tal y como la escribieron los padres fundadores, y no adaptándola a interpretaciones y lecturas modernas. Como católica practicante que es, se opone al aborto y a varios apartados de la reforma sanitaria de los demócratas, en especial el que obligaba a instituciones religiosas a ofrecer anticonceptivos a sus empleados. Aun así, es las vistas orales en el Senado dijo que sus opiniones las dejará a la puerta del Supremo, y que será imparcial ateniéndose siempre a lo que diga la carta magna. Muchos católicos en el Senado mostraron este lunes su júbilo. En especial Marco Rubio, que ya empieza a posicionarse para una posible candidatura a la presidencia ?la segunda? en 2024. «La votación de esta noche asegura que la izquierda radical tendrá que seguir con su agenda socialista de la manera que los padres fundadores quisieron: a través del proceso legislativo, no a través de un sistema judicial activista», dijo este lunes. Como se ve, en EE.UU. la derecha ha hecho de la lucha contra el activismo judicial uno de sus caballos de batalla. Por eso para el presidente Trump la oportunidad de nombrar a un tercer juez del Supremo en plena campaña electoral ha resultado ser oro puro, un regalo para las bases republicanas y evangélicas, cuyo objetivo manifiesto es invalidar el fallo de 1973 que legalizó el aborto «hasta que el feto sea viable». En sus mítines, las masas enardecidas le han gritado al presidente «¡llena el asiento!», en referencia al hueco que dejó en septiembre la muerte de la juez feminista Ruth Bader Ginsburg. Y no es sólo el presidente. O más bien dicho, es más que el presidente. Los republicanos, incluido el vicepresidente Pence y el líder del Senado, Mitch McConnell, son capaces de tragar con todos los escándalos y las provocaciones de Trump porque el presidente les está ofreciendo los jueces que ellos quieren, que son confirmados raudamente por el Senado, que ellos mismos controlan. Es una jugada maestra, prueba de la gran sintonía que hay entre la Casa Blanca y la Cámara Alta del Capitolio. En un reciente mitin en New Hampshire, el vicepresidente Pence dijo a los votantes: «Cuatro años más de Trump significa cuatro años más de jueces». A mediados de septiembre, el senador McConnell apenas podía ocultar su júbilo tras haber confirmado a seis jueces en apenas 30 horas. «Esta no es una victoria partidista», dijo entonces McConnell, que se presenta a la reelección en estas elecciones. «El presidente nos ha enviado hombres y mujeres impresionantes y cualificados que acatan de forma radical la noción de que la misión de un juez es solo seguir la ley». En todo este proceso, los demócratas, es cierto, tienen un as en la manga, al menos en lo que al Supremo se refiere. Si llegaran a controlar la Casa Blanca y las dos cámaras del Capitolio, podrían ampliar la bancada, algo que la Constitución permite, pues no establece un número de magistrados. Lo cierto además es que el número de jueces del Supremo ha fluctuado a lo largo de las décadas. Preguntado si esto entra en sus planes, Biden, que está en campaña, se ha puesto de perfil. «Eso, tras las elecciones se verá», dijo.
22-10-2020 | Fuente: abc.es
La juez Barrett supera el primer trámite en el Senado para ingresar en el Supremo
La comisión de Justicia del Senado de EE.UU. ha votado de forma unánime a favor del ingreso de la jueza conservadora Amy Coney Barrett en el Tribunal Supremo, ante el boicot de los demócratas, que no se han presentado en señal de protesta. Esta división insólita es muestra de lo politizado que ha quedado un proceso para la selección de uno de los puestos más importantes en la judicatura estadounidense. Minutos después de reunirse en el Capitolio, los republicanos han votado a favor de Barrett. «Esa fue su decisión. La mía es aprobar a la candidata», dijo el presidente de la comisión, el senador republicano Lindsey Graham, sobre la ausencia demócrata. Antes de la votación, Graham dijo: «No vamos a permitirles [a los demócratas] que boicoteen el comité. Ellos son los que han decidido no participar». Este proceso está avanzando de forma vertiginosa. La jueza feminista Ruth Bader Ginsburg murió el 18 de septiembre. En poco más de un mes, su sustituta ya tiene el visto bueno de la comisión de Justicia y su candidatura será sometida al voto del Senado en pleno el 29 de septiembre. Hasta ahora, estos procesos habían tomado como mínimo dos meses y medio. Los puestos en el Supremo son vitalicios. Son en total nueve jueces, con un enorme poder, y que, por ejemplo, en 2000 decidieron el sentido de unas elecciones, dándole la victoria a George Bush hijo. Los demócratas lamentan que los republicanos estén acelerando este proceso en año electoral, para haberlo culminado antes del voto del 3 de noviembre. En las vistas orales, la jueza Barrett se mostró cauta, y prometió ajustarse en sus fallos a la ley como está escrita, no a sus opiniones personales. «Los tribunales tienen una responsabilidad vital para con el estado de derecho, que es fundamental para que una sociedad sea libre. Pero los tribunales no están diseñados para resolver todos los problemas o corregir todos los errores de nuestra vida pública», dijo. Críticas demócratas a su religiosidad Los demócratas no sólo han criticado la premura del proceso, sino la religiosidad de Barrett, que es católica practicante. En numerosos artículos y discursos se ha opuesto, por ejemplo, al aborto. Hace unos años, durante las vistas orales para su acceso a la magistratura, la senadora Diane Feinstein le dijo: «El dogma vive fuerte dentro de usted». El líder demócrata del Senado, Chuck Schumer, anunció el boicot de este jueves en un discurso el miércoles por la noche en el Senado. «No deberíamos avanzar con esta nominación», porque Barrett está «muy lejos del sentir general», añadió. Las bases demócratas están presionando al candidato Joe Biden para que amplíe el Supremo y añadir así más magistrados de los llamados progresistas. De momento, Biden se ha puesto de perfil, prometiendo que creará una comisión para analizar el asunto.
21-10-2020 | Fuente: abc.es
Los candidatos cortejan a los católicos, que pueden decidir estas elecciones
«Un buen católico debe entrometerse en política». Estas palabras que el Papa Francisco pronunció en 2013 son premonitorias de la campaña electoral de este año en Estados Unidos. Las repite, de hecho, una monja de 74 años, Simone Campbell, de la comunidad de las Hermanas del Servicio Social, que está en plena campaña para pedir a sus correligionarios que no voten al presidente porque, según ella cree, «los católicos no pueden ser fieles a su fe y votar por Donald Trump en noviembre» ya que «él está haciendo lo que puede para dividirnos, mientras nuestra economía y sistemas de salud se quiebran bajo el peso de la pandemia de Covid-19. Esta es una crisis espiritual y nuestra fe y patriotismo nos obligan a alzar la voz y a actuar». Se da la circunstancia que la hermana Campbell, que es muy activa en política como directora de un lobby aquí en Washington llamado Network, está haciendo campaña por el primer candidato católico en 16 años. Biden se manifiesta practicante y va a misa en domingo, y si gana, sería el primer presidente de ese credo desde John Kennedy, fallecido en ejercicio del cargo en 1963. Las encuestas más recientes reflejan que de hecho Biden tiene el apoyo mayoritario de los católicos, en un 51% frente al 44% del presidente, según el prestigioso centro de estudios Pew. En 2016, Trump ganó el voto católico por siete puntos, con un 52%. Para quienes apoyan al presidente, sin embargo, quien de verdad defiende los principios católicos es Trump, que es protestante. «El presidente Trump ha hecho muchísimo por proteger la santidad de la vida, ha retirado fondos a organizaciones que practican abortos, ha nombrado a dos jueces católicos al Supremo, y en suma ha dejado claro que su prioridad es proteger a los niños», dice Brian Burch, presidente del grupo CatholicVote. «Joe Biden, si gana, hará lo que ya hizo cuando era vicepresidente, que es financiar abortos con fondos públicos y obligar a las Hermanitas de los Pobres a que los faciliten también», añade. Se refiere Burch a un sonado caso defendido en los tribunales por esa congregación y la Administración Trump, que pidieron a la justicia que anulara una provisión de la reforma sanitaria de Obama y Biden que obligaba a los empleadores, incluidos los religiosos, a ofrecer seguros sanitarios sin poder rescindir en ellos los anticonceptivos, la esterilización y el aborto en los plazos legales. El Supremo falló a favor de las Hermanitas de los Pobres en julio. La comunidad católica en EE.UU. es ingente. Es tan grande y variada que en ella caben monjas que hacen campaña por Biden y otras que llevan a los tribunales uno de los mayores logros del gobierno del que fue vicepresidente. Son 51 millones de adultos en una población de 328 millones de personas. Y en una elección que se presenta reñidísima, ambos candidatos están haciendo lo posible por atraerse a los que indecisos que aun quedan. El que más se está esforzando en ese apartado es el presidente Trump, sobre todo porque la muerte de la jueza del Supremo Ruth Bader Ginsburg le ha permitido elegir como sustituta a Amy Coney Barrett, mujer de fe católica, practicante y firme en sus creencias. Cuando los demócratas la han criticado, como han hecho, por su religiosidad, el presidente y sus principales asesores católicos -sobre todo el dúo que forman el ex alcalde de Nueva York Rudy Giuliani y el ex gobernador de Nueva Jersey Chris Christie- han denunciado prejuicios contra ese credo. Según dijo el presidente, airado, tras enterarse de las críticas demócratas: «Esencialmente están luchando contra una religión importante en nuestro país. Esto es increíble. Luchar contra cualquier religión y luchar contra el catolicismo es simplemente increíble». El presidente y su equipo han recordado aquellos aciagos años de hace un siglo en que el Klu Klux Klan perseguía también a los católicos, sobre todo los inmigrantes irlandeses y católicos, por considerarlos infiltrados del Papa en América, una especie de invasión extranjera para destruir los valores protestantes de la floreciente nación americana. Por Fray Junípero Ha sido también Trump quien este pasado verano abanderó la lucha contra el derribo y destrucción de estatuas, incluidas las del español Fray Junípero Serra, fundador del sistema de misiones en California, del que nacieron ciuda- des como Los Ángeles o San Francisco. El presidente ha llegado a amenazar con cárcel a quienes destruyan esculturas en propiedad federal. Los obispos estadounidenses criticaron el vandalismo de las turbas que asociaban a la Iglesia con el expolio de América, pero con Trump tienen una relación desigual. Han alabado sus esfuerzos por restringir el aborto, pero han criticado duramente que haya permitido que se reanuden las ejecuciones de presos condenados a pena de muerte bajo custodia federal, que estuvieron paralizadas dos décadas. Es un tema delicado, el de la pena de muerte. Burch, de CatholicVote, admite que es motivo de preocupación, pero matiza que «moralmente no es lo mismo», ya que «el aborto mata a un millón de inocentes al año y en ese espacio menos de 50 culpables de graves delitos son ajusticiados».
15-10-2020 | Fuente: abc.es
El Senado valida hoy el ingreso de la jueza Barrett al Supremo
Tras dos días de interrogatorio, la comisión de Justicia del Senado de Estados Unidos vota hoy sobre la candidatura de la juez Amy Coney Barrett para ingresar en el poderoso Tribunal Supremo norteamericano en sustitución de la magistrada feminista Ruth Barr Ginsburg, fallecida hace un mes. La juez Barrett fue preguntada insistentemente por los demócratas sobre su opinión con respecto a temas candentes como el aborto, la reforma sanitaria de Barack Obama o la posible intervención de Supremo en las elecciones en caso de empate o acusaciones de fraude. «Nadie me ha pedido compromisos en ningún caso», dijo la jueza Barrett a los demócratas, que querían saber si había prometido algo al presidente Donald Trump cuando le ofreció el puesto. Sí defendió en sus dos días de vista oral que no cree que los juzgados deban hacer política, y renegó del activismo judicial. «No vengo a cumplir ninguna misión», dijo Barrett en más de una ocasión. Tampoco renegó la magistrada de las opiniones que ha transmitido en artículos cuando era profesora de derecho en la universidad de Notre Dame o ya en el juzgado federal al que ingresó en 2017. Está claro que se opone a una interpretación amplia de las leyes del aborto, y no considera el fallo favorable del Supremo en 1973 (conocido como Roe v. Wade) como un precedente intocable. Cuando la senadora demócrata Amy Klobuchar le preguntó por enésima vez sobre el asunto, y si el fallo de 1973 era un «super-precedente», Barrett respondió: «Por la cantidad de preguntas que recibo del asunto no parece serlo, pero de todos modos muchos académicos no creen que eso sea razón para anular ese fallo. Pero tampoco significa eso que sea un caso imposible de anular». En otro momento, un senador republicano, Ben Sasse, le quiso hacer una pregunta fácil que resultó siendo uno de los peores momentos para Barrett. Su señoría le preguntó algo que se estudia en los colegios: qué cinco derechos ampara la primera enmienda de la Constitución. Barrett dijo solo cuatro: «libertad de expresión, prensa, religión, reunión? ¿cuál me falta?». El senador le dijo: «protesta». De hecho, varios grupos feministas protestaban a las puertas, airados por el conservadurismo de Barrett y por la premura del proceso. Este tipo de confirmaciones del Supremo suelen tardar 70 días, pero en este caso el presidente Trump y su partido esperan que antes de las elecciones del 3 de noviembre esté ya la jueza en el banquillo con sus ocho compañeros. Los republicanos son mayoría en esa cámara y tienen votos suficientes para hacerlo. Por el tono de sus preguntas, no ven fallo en Barrett. El senador conservador John Cornyn en un momento le preguntó a la magistrada si podía enseñar los papeles que llevaba para dar sus preguntas, llenas ellas de datos y referencias a casos de gran enjundia. Barrett sonrió y alzó un cuaderno que estaba totalmente en blanco.
15-10-2020 | Fuente: abc.es
«Católicos progre» contra la libertad religiosa en EE.UU.
Los tres días de interrogatorio a que ha sido sometida la candidata al Supremo, la juez Barrett, pueden ser considerados -a tenor de los visto y oído- como tres jornadas de fuego artillero de la oposición demócrata norteamericana contra uno de los pilares de la Constitución de los Estados Unidos: la libertad religiosa. Las insistentes preguntas de los zelotes del partido sobre las creencias religiosas de la magistrada, insinuando por activa y por pasiva que influirán en su trabajo profesional en el máximo tribunal, fueron un atropello flagrante de la Carta Magna. La Primera Enmienda consagra la libertad de religión y prohíbe al poder político cualquier tipo de legislación o cortapisa en materia de conciencia. La animadversión del partido opositor norteamericano hacia el catolicismo practicante de Barrett contiene varias ironías. La primera, que parece desconocer que casi la mitad de los electores católicos norteamericanos votan demócrata. Y la más desconcertante: el partido que en Europa calificaríamos de «progre» y más cercano a la ideología de los socialistas, está desde hace tiempo comandado por católicos. Joe Biden, el candidato demócrata a la Casa Blanca, es católico, como también lo es la «número tres» en el escalafón del poder en EE.UU., la presidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi. No es, como algunos podrían pensar, un problema de odio a los católicos -como en la era del Ku Klux Clan- sino de rechazo a los católicos que no se avergüenzan de serlo. En el fondo, la resistencia que muestran Biden y Pelosi por la candidatura de la juez Barrett parece proceder del rechazo a la coherencia con la propia fe, que lleva a los dos dirigentes demócratas a situarse en contra de la doctrina de la Iglesia católica en temas nucleares como el aborto y el matrimonio.
14-10-2020 | Fuente: abc.es
La juez Barrett no cede ante los demócratas y no se recusará
Tres fueron los frentes de ataque de los demócratas en el Senado en la ronda de preguntas del martes a la juez Amy Coney Barrett, que ha sido propuesta por Donald Trump para entrar en el poderoso Tribunal Supremo de EE.UU.: el aborto, la reforma sanitaria de Barack Obama y el sentido de las elecciones en caso de empate o sospechas de fraude. Barrett fue muy clara en sus respuestas, que se resumen en un rechazo frontal del activismo judicial: «No es que los jueces puedan simplemente despertarse un día y decir, mira, tengo una agenda, me gustan las armas u odio las armas, me gusta el aborto u odio el aborto, y voy a imponer mi voluntad como si fuera una reina». Es decir, la juez se compromete a interpretar la ley sin que sus ideas o su credo interfieran en ello, caso a caso. Por eso, ante las insistentes preguntas de los senadores demócratas de si se recusará en alguno de aquellos casos, dijo que no, porque ni el presidente Trump ni nadie más en la Casa Blanca le ha preguntado por sus opiniones al respecto. «Nadie me ha preguntado sobre esos casos», dijo la juez en el segundo día de vistas orales de la comisión de Justicia del Senado. «Así como no asumí ningún compromiso con el poder ejecutivo, ni este me pidió que me comprometiera a nada, tampoco puedo comprometerme a nada con este poder legislativo. Sería incompatible con la independencia judicial». La senadora demócrata por California Dianne Feinstein fue la que más presionó a Barrett, preguntándole directamente si votaría a favor de invalidar el fallo del Supremo de 1973 que legalizó el aborto médico inducido «hasta que el feto sea viable». La juez Barrett, que tiene abundantes escritos oponiéndose al aborto sin restricciones, dijo en sus respuestas que no puede pronunciarse sobre asuntos que ahora estudia la corte. «Es muy frustrante no obtener respuestas claras por su parte», le espetó la senadora Feinstein, que ya en 2017, en las vistas de su acceso a la magistratura tuvo un acalorado tira y afloja con ella. Entonces, Feinstein le dijo: «El dogma habita fuerte dentro de usted». En esta ocasión, Feinstein y otros demócratas le preguntaron a Barrett si votará a favor de invalidar la reforma sanitaria de Obama, después de que Trump lo haya intentado por varias vías, de momento sin éxito. Hasta hoy, el Supremo ha avalado la legalidad de esa reforma en varios fallos, pero pronto tendrá que volver a decidir por otra demanda que se ha ido elevando apelación tras apelación. Los mismos republicanos le preguntaron a Barrett si su catolicismo practicante influiría sobre sus decisiones. «Claro que no, no he dejado que influya nunca, y así seguirá siendo», dijo la magistrada. El senador Lindsey Graham, que preside la comisión de Justicia y es un estrecho aliado de Trump, le dijo tras esa respuesta: «Haré todo lo que pueda para asegurarme de que tenga usted un asiento en la Corte Suprema». Para indignación demócrata, los republicanos han acelerado el proceso de elección del juez del Supremo tras la muerte de la magistrada feminista Ruth Bader Ginsburg el mes pasado. Este proceso normalmente tarda unos 70 días, pero en este caso, Trump quiere tener a Barrett confirmada y considerando casos antes de las elecciones del 3 de noviembre. En este momento hay solo ocho jueces en el Supremo, con posibilidad de empate, algo que preocupa a no pocos políticos, ya que en 2000 fue este mismo tribunal el que acabó decidiendo las elecciones tras el agónico recuento en Florida. (El ganador fue George Bush hijo, que obtuvo menos votos que su contrincante, Al Gore). Con toda probabilidad la comisión de Justicia votará sobre la candidatura de Barrett el jueves, antes de enviar su propuesta al pleno del Senado. En ambos casos, los republicanos son mayoría.
12-10-2020 | Fuente: abc.es
Amy Conet Barrett: la juez católica que no reniega del dogma
Cuando en 2013 Laura Wolk comenzó sus clases de derecho en la universidad católica de Notre Dame, en Indiana, temió por un momento que no podría acabar sus estudios. Wolk es invidente, y necesitaba un programa informático especial que le leyera los textos de la pantalla y le ayudara a transcribir sus palabras. La burocracia universitaria hizo de las suyas, y el programa no llegaba. Pasaron dos semanas, y para más inri, el ordenador personal de Wolk, habilitado para personas ciegas, se rompió. Desesperada, sin recursos, Wolk fue a contarle su problema a una profesora de derecho constitucional, una mujer afable, que ella pensaba que podría ayudarla. Esa profesora, sentada en su despacho, escuchó, guardó un breve silencio y le respondió en seguida a Wolk: «Laura, a partir de ahora, este problema no es tuyo, es mi problema». Esa mujer era la hoy jueza Amy Coney Barrett, elegida por Donald Trump para ingresar en el poderoso Tribunal Supremo de EE.UU., a falta de la confirmación del Senado, que comenzó este lunes. Laura Wolk no sólo logró inmediatamente el material que necesitaba. Ganó una mentora, que la guió en sus tres años de posgrado y, lo que es más, la ayudó a conseguir una codiciada beca de asistente judicial en la Corte Suprema, la primera vez que una persona invidente conseguía esa oportunidad. Según dice Wolk hoy, «la calidad y la compasión que la jueza Barrett me ha mostrado en tantas ocasiones provienen de la misma fuente de fe por la que ahora es tan vilipendiada. La facilidad con la que dona su tiempo y energía para servir a los demás proviene de años de amar al señor con todo su corazón, mente y fuerzas, y amar a su prójimo como a sí misma». Así es, la religión se ha convertido en el objeto de la mayoría de ataques a esta jueza de trayectoria fulgurante que, durante sus tres años en la magistratura se ha ganado la admiración de muchos compañeros de profesión y de los políticos republicanos, que son quienes controlan la Casa Blanca y el Senado y por tanto tienen la potestad de elevarla al puesto vitalicio de novena jueza del Supremo, donde tendrá una influencia que seguramente dure décadas. En sus años como profesora, Barrett nunca ocultó que se oponía al aborto, y de hecho hace ya mucho tiempo, en 2006, firmó un manifiesto en el que pedía que se ponga final a lo que describió como «legado brutal de Roe v. Wade», que es el nombre judicial del caso de 1973 con el que el Supremo legalizó la interrupción médica del embarazo «hasta que el feto sea viable». Barrett es católica, y practicante. Vive, según ella misma ha dicho, de acuerdo con su fe, acude cada domingo a misa y da ejemplo de sus posicionamientos en su propia familia, numerosa. Tiene siete hijos. Dos son adoptados de Haití. El menor, de ocho años, tiene síndrome de Down, algo que, si se detecta pronto, es motivo frecuente de aborto en EE.UU. según varios estudios recientes. Es, además, miembro de un grupo conocido como «People of Praise» (Gente de Alabanza), dentro del movimiento carismático, muy arraigado en EE.UU. e influido por varias ramas evangélicas que practican el supuesto don de lenguas, la oración comunitaria y jornadas de sanación. Es un grupo que obra con discreción y al que sus críticos han acusado de obrar cai como una secta, pero que en realidad cuenta entre sus miembros hasta a obispos católicos. «El dogma vive en usted» La fe de Barrett, y sobre todo el vivir de acuerdo con ella, parece haber enervado bastante a los demócratas que ya sometieron a la jueza al tercer grado durante las vistas orales de 2017 en las que el Senado decidió sobre su ascenso a la magistratura. La senadora demócrata de California Dianne Feinstein, alarmada por el catolicismo de Barrett y sus profesiones de fe, le dijo: «el dogma habita fuerte dentro de usted». Aquella frase se convirtió en un lema popular entre grupos de votantes conservadores católicos y también protestantes, que la imprimieron en pegatinas, camisetas y tazas, como motivo de orgullo. Finalmente, la jueza Barrett fue confirmada en 2017 con el voto de los republicanos y solo tres demócratas. Poco importó que durante aquellas vistas orales, como en las de ayer, la jueza dijera abiertamente que no dejaría que su fe, ni sus opiniones personales, influyeran en su forma de interpretar las leyes, que es lo que hace un juez, más en el Supremo. Es cierto que su ascenso a esa corte en lugar de la jueza feminista Ruth Bader Ginsburg altera el equilibrio entre progresistas y conservadores, y es muy probable que, si llega a sus manos, ella vote para restringir total o parcialmente, el aborto. Pero según dijo en la comparecencia que tuvo con el presidente Trump en el Rosal de la Casa Blanca hace una semana, «no asumiría este cargo por el bien de aquellos en mi propio círculo, y ciertamente no por el mío propio. Asumiría este papel para servirles a todos. Cumpliría el juramento judicial, que me exige administrar justicia sin discriminar, aplicar los mismos derechos a pobres y ricos y cumplir fiel e imparcialmente con mis deberes según la Constitución de EE.UU.».
08-10-2020 | Fuente: abc.es
Pence se impone a Harris por los puntos en un debate sosegado
El debate entre Mike Pence y Kamala Harris, los dos candidatos a la vicepresidencia de EE.UU., y el que protagonizaron Donald Trump y Joe Biden la semana fueron el día y la noche. Si este último fue una bronca continua, con interrupciones constantes de Trump y ataques personales en los que también participó Biden, el encuentro entre los «segundos de» en la noche del miércoles (madrugada del jueves en España) fue una balsa de aceite. Lo exigió la moderadora, Susan Page, periodista de «USA Today», desde el principio: «Queremos un debate animado. Pero los estadounidenses merecen una discusión que sea cívica», advirtió antes de que comenzaran las intervenciones. El debate no solo no resultó animado, fue incluso algo soso. Y, como debate, casi inexistente. Porque Pence y Harris no se dedicaron a confrontar opiniones, ni la moderadora les invitó a ello. Se limitaron a colocar sus mensajes. En ese formato, ganó Pence por los puntos. No porque fuera más brillante o convincente que Harris, sino porque venía en desventaja en medio de la epidemia de Covid y del positivo de Trump y consiguió repetir mensajes que el votante conservador quiere escuchar y que se pierden en el ruido que rodea a Trump. La rigidez del debate le favoreció. Hubo mucho espacio para hablar de los temas que convencen al votante conservador y moderado: economía, recortes de impuestos, Tribunal Supremo, policía. Cuando la preguntaba no le interesaba, Pence, sin mover una ceja, respondía otra cosa. La indiferencia de la moderadora y de su rival, que estuvo contenida, le beneficiaron. Harris sacó partido de los primeros bloques del debate, dedicados a la epidemia. Calificó la gestión de la Administración Trump -con Pence al frente del grupo de trabajo de la Casa Blanca- como «el mayor fracaso de todas las administraciones en la historia del EE.UU.» y recordó su factura: los más de 210.000 muertos, los 7 millones de contagios, los millones de empleos perdidos, las empresas que han cerrado? Acusó a Trump y a Pence de saber desde finales de enero la gravedad de la epidemia y no actuar al respecto. «Lo sabían y lo encubrieron. El presidente dijo que era una farsa», dijo. Como respuesta, Pence repitió la defensa habitual de Trump: la suspensión de los viajes desde China logró ganar tiempo y salvó «cientos de miles de vidas» (el presidente prefiere decir «millones»). No respondió a la pregunta de por qué EE.UU. tenía muchos más muertos per capita que muchos países y dijo, con pomposidad e insistencia, que el presidente «puso las vidas de los estadounidenses primero». Con inteligencia, convirtió los ataques de Harris a su Gobierno en un ataque «a los sacrificios que han hecho los estadounidenses». «Tener respeto a los estadounidenses es decir la verdad», contestó con rotundidad Harris. «La ineptitud de esta Administración es que no quiso decir la verdad. Y por eso los estadounidenses tuvieron que hacer grandes sacrificios». En el resto del debate, Harris estuvo contenida y con pocas ganas de enzarzarse con Pence en ninguna discusión. La senadora demócrata, que fue fiscal general de California, tiene fama de interrogadora feroz. Pero se dejó las garras en casa. Quizá por falta de tablas. Quizá porque la campaña de Biden quiso jugar seguro: las encuestas dan ventaja a Biden y un traspiés, un ataque exagerado hubiera sido perjudicial. Y uno de sus grandes objetivos es convencer al votante moderado y convencerle de que Biden y Harris no son la izquierda radical que retrata Trump. Una mujer agresiva tiene el riesgo de asustar al votante moderado. En el debate, Harris fue todo -o casi todo- sonrisas. En varias ocasiones, la candidata demócrata tuvo la oportunidad de apretar a su rival, exigirle respuestas, contradecir falsedades o insistir en asuntos en los que flaqueaba su rival. Le faltaron las tablas que le sobran a Pence, que tuvo un programa de radio antes de dedicarse a la política. Él se metió más en su terreno, alargó sus preguntas a pesar de las protestas tímidas de la moderadora y, después de renunciar a responder varias preguntas, puso contra la esquina a Harris por no responder a si la Administración Biden aumentará el número de jueces en el Tribunal Supremo para contrarrestar el peso de los jueces conservadores que ha colocado Trump durante su presidencia. Es un asunto de la máxima importancia para el votante conservador -hay muchos que le votarán con la nariz tapada solo para asegurarse un tribunal con posibilidad de cambiar la regulación sobre aborto o matrimonio gay- y Pence le sacó mucho partido. «El pueblo estadounidense ya sabe la respuesta», cerró cuando Harris era incapaz de esquivar el ataque. Pence también colocó algunas frases que funcionan con el votante moderado: «Biden dice que la democracia está en las urnas. Lo que está en las urnas es la economía estadounidense y su recuperación», aseguró. Siguió por esa línea, con acusaciones de que los demócratas subirán los impuestos -«ocurrirá el primer día»- o que prohibirán el ?fracking? en la extracción de gas natural. Dio igual que Harris negara las acusaciones: Pence las repitió y quedaron registradas. Harris fue agresiva en algunos aspectos, como el cambio climático -«esta Administración no cree en la ciencia»-, cobertura sanitaria -«si tienes enfermedades previas, van a por ti»- o aborto -«la elección sobre su cuerpo la tiene la mujer, no Trump o Pence»-. También fue efectiva en recordar, como en una letanía, los insultos de Trump a los militares y sus comentarios xenófobos y tibios con grupos nazis o supremacistas. Pero no mordió con fuerza en asuntos como los impuestos del presidente -que, a pesar de ser un multimillonario, ha pagado mucho menos que el estadounidense medio durante muchos años- ni en su contagio de covid, para muchos el símbolo del fracaso de su gestión de la epidemia. Se esperaba que Harris usara guante blanco sobre la salud de un presidente en ejercicio y así lo hizo. Trump no se lo agradecerá, pero quizá sí el votante moderado al que Harris trató de no asustar. Es probable que este debate, con un Pence sólido y una Harris con el freno de marcha puesto, no altere el curso de la campaña. Para Biden, al que las encuestas le dan ventaja, es buena noticia. Para Trump, que venía en trayectoria descendente en medio de su oleada de contagios, es un respiro.
07-10-2020 | Fuente: elmundo.es
Irene Montero anuncia la derogación de la Ley del Aborto de 2015 para que las menores puedan interrumpir el embarazo libremente
"Nuestros cuerpos son nuestros, nosotras decidimos", proclama la ministra de Igualdad tras reivindicar el derecho a decidir 
07-10-2020 | Fuente: abc.es
Tony Abbott, el polémico asesor de Johnson que comparan con Trump
El ex primer ministro australiano Tony Abbott fue nombrado el pasado septiembre asesor comercial del Gobierno británico. Desde entonces, ríos de tinta han corrido con su nombre no solo en las columnas de opinión de los medios del Reino Unido, sino también en cartas que van y vienen entre bastidores, con unos destacando sus virtudes; otros, remarcando sus defectos y muchos, entre ellos políticos y organizaciones como Amnistía Internacional o Greenpeace, pidiendo su desvinculación del Gobierno. Su perfil es complejo. Abbott, nacido en Londres de padres australianos hace 62 años y miembro del Partido Liberal de Australia, es un personaje controvertido que incluso algunos comparan con Donald Trump, y ha sido tildado de racista, homófobo y misógino en varias ocasiones por sus políticamente incorrectas -o directamente ofensivas- declaraciones. Hace ocho años, por ejemplo, antes de convertirse en primer ministro en el 2013 tras seis años de gobierno laborista, aseguró que «los hombres están mejor adaptados que las mujeres para ejercer la autoridad», lo que cayó como un balde agua fría en la nación, que además en aquel momento tenía una primera ministra, Julia Gillard. El nombramiento de Abbott, que estudió Economía y Derecho en Sydney antes de pasar también también por Oxford, ha caído sin embargo en saco roto, como otras decisiones tomadas por Johnson que han sido duramente criticadas. Incluso el líder laborista Keir Starmer mostró su preocupación porque el polémico político forme parte del Consejo de Comercio del Reino Unido. «No creo que sea la persona adecuada para el puesto. Si yo fuera primer ministro, no lo nombraría», aseguró. Las críticas también llegaron desde las filas tories. Por ejemplo, la ex ministra conservadora Caroline Nokes calificó su nombramiento como algo «horrible». Conservador y euroescéptico Llamado de forma despectiva «el Monje Loco», ya que también coqueteó con el sacerdocio, estuvo solo dos años en el poder, pero sus seguidores aseguran que pese a protagonizar diversas controversias, tiene los contactos suficientes y necesarios para cumplir un papel decisivo en los acuerdos comerciales que necesitará Reino Unido tras el Brexit, sobre todo con Australia, así como con los otros estados del los «Five Eyes» (Nueva Zelanda, Estados Unidos y Canadá). Monárquico, conservador, euroescéptico y cuya imagen de «macho men» tuvo que suavizar para ganar adeptos, no fue sin embargo tan precavido con lo que salía de su boca. Si bien sus políticas estuvieron siempre dentro de lo esperado en el espectro conservador, como la oposición a relajar las leyes sobre el aborto y contra los matrimonios entre personas del mismo sexo, la polémica la sirvió en bandeja con sus palabras. Por ejemplo, dijo que la virginidad es «el mejor regalo» que una mujer «puede darle a a alguien»; cuando se le preguntó si se sentía amenazado por los homosexuales, respondió: «Probablemente me siento un poco amenazado, como mucha gente. No hay duda de que (la homosexualidad) desafía las nociones ortodoxas del orden correcto de las cosas»; y entre sus afirmaciones también está una sobre la islambofobia, tan aplaudida como odiada: «Con demasiada frecuencia en las filas de los funcionarios existe la idea de que la islamofobia es un problema casi tan grande como el terrorismo islamista. Bueno, la islamofobia no ha matado a nadie». También es acusado de no creer en el cambio climático, algo que él niega, pese a que sus declaraciones podrían ser perfectamente parte del guión de Trump. Por ejemplo, dijo que que las concentraciones altas de dióxido de carbono actúan como «alimento vegetal» y «en realidad están reverdeciendo el planeta y ayudando a elevar los rendimientos agrícolas», y el año pasado aseveró que el mundo está «dominado por un culto climático». También se opone a la investigación con células madre. No obstante, su hermana Christine, lesbiana, siempre le ha defendido diciendo que las acusaciones en su contra son «infundadas» y «deshonestas», e incluso sus detractores reconocen, a regañadientes, que durante el poco tiempo que ejerció como premier se alcanzaron importantes acuerdos de libre comercio con China, Corea y Japón. Sus adeptos también le aplauden sus logros para detener la inmigración ilegal y bajar algunos impuestos, y desde Australia se felicitan por su nombramiento. «Gran Bretaña no podría haber encontrado un líder internacional con un historial más sólido para ayudar a los exportadores que Abbott, y no hay duda de que trabajará tan duro y eficazmente para Gran Bretaña como lo hizo para Australia», señaló en un artículo publicado en «The Telegraph» Mark Higgie, que fuera asesor internacional de Abbott durante cuatro años y embajador de Australia en la UE durante tres. «Boris Johnson y Liz Truss (la ministra británica de comercio internacional) deben ser felicitados por ignorar las tonterías que se han dicho sobre Tony Abbott», manifestó.