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La música no amansa a las fieras de Daesh

02-06-2017 - Fuente: abc.es
La música no amansa a las fieras de Daesh
El comunicado emitido por Daesh tras la matanza en la sala Bataclan durante un concierto habla de «centenares de idólatras en una fiesta de perversidad». Este 2017 comenzó con la noticia de 39 personas asesinadas en una discoteca de Estambul en la que «los cristianos celebran sus fiestas apóstatas». La semana pasada, los terroristas de Daesh acabaron con la vida de 22 personas que disfrutaban de «un desvergonzado concierto» en Manchester. Al igual que sucede con el velo, que oculta el cuerpo de la mujer para aplacar el deseo del hombre, los motivos que llevan a los musulmanes a recelar de la música pueden resumirse con el cristiano «no nos dejes caer en la tentación». Las prevenciones musulmanas contra la música se explican por la facilidad de ésta para suscitar comportamientos «haram» (pecaminosos), como beber alcohol o cometer adulterio, y estados de desviación y culto al cuerpo que alejen al devoto de la adoración a Alá. Uno de los principios de la jurisprudencia islámica es el llamado «sadd al-dhara'i», «bloquear los medios», que consiste en impedir el mal antes de que acontezca prohibiendo todo lo que pueda conducir al pecado. En cualquier caso, la aprobación de la música en el mundo musulmán está siempre supeditada a su conformidad con la moral religiosa. No conviene olvidar que la traducción literal de la palabra «islam» es sumisión. Para Serafín Fanjul , arabista y miembro de la Real Academia de la Historia, el islam «ve con muy malos ojos cualquier manifestación liberadora y de deleite que no pueda controlar. Detesta lo lúdico y lo asocia con el Demonio». Sin embargo, reconoce, «no hay una doctrina común y codificada» sobre la música como sí la hay sobre el consumo de alcohol u otros temas de la vida cotidiana. El Corán no dice nada concluyente al respecto, y los más puritanos tienen que hacer encaje de bolillos con las palabras para sacar del libro sagrado pasajes que justifiquen su aversión a la música. Una de las más recurrentes dice que «hay hombres que compran palabras frívolas para extraviar del camino de Allah sin conocimiento y las toman a burla. Esos tendrán un castigo infame». Más que en el Corán, dice Fanjul, «hay que buscar en el hadiz o Tradición del Profeta, que es de donde salen casi todas las barbaridades de la sharía y del imaginario represivo del islam». Pero tampoco la interpretación de estos textos está del todo libre de contradicción. Solo hay unanimidad respecto al uso de la música en oficios religiosos, totalmente vetada tanto por los chiíes como por los suníes. La cultura islámica, por tanto, carece de una música sacra como la que acompaña la liturgia en el cristianismo, a excepción de la que utilizan en sus ceremonias algunos místicos sufíes y hermandades de derviches, que alcanzan el éxtasis religioso a través de la danza. Entre los escasos defensores de la música en la tradición islámica está el místico egipcio Dhul-Nun al-Misri, que creía que «oír música ejerce un efecto divino que mueve el corazón hacia Dios». «La flauta de Satán» La persecución a la música tiene una larga historia en el islam: ya en 1449, el gobierno egipcio prohibió la flauta y el tambor en las mezquitas. En tiempos más recientes, se han sucedido las «fatwas», dictadas por clérigos radicales, que afectan a la música. Daesh, en su autoproclamado califato, decretó la prohibición de escuchar música al mismo tiempo que la de vestir pantalones ajustados. Medidas semejantes tomaron los talibanes en Afganistán o Al Qaeda en Somalia, que lanzó un ultimátum a las radios de Mogadiscio para que eliminasen la música de sus emisiones. A Osama Bin Laden, figura casi mitológica para los yihadistas, se le atribuye la definición de la música como «la flauta de Satán». Basta un breve rastreo por Internet para dar con auténticos delirios firmados por personas de peso dentro de la comunidad islámica. Es el caso de Mufti Muhammad ibn Adam al-Kawthari Darul Iftaa, nacido en Leicester (Reino Unido) y que en su biografía presume de haberse memorizado el Corán a la edad de 9 años. Mufti, director del Institute of Islamic Jurisprudence, autor de una Islamic Guide to Sexual Relations, cree que «la popularidad creciente de la música constituye una gran amenaza para los musulmanes (?) la música es un engaño hecho por no-musulmanes (?) la fuerza espiritual que caracterizaba a los musulmanes ya no es visible, y la música está entre las principales razones de este declive». Aunque no hasta el punto de resultar alarmante, en España ya se han registrado casos de alumnos musulmanes que se niegan a estudiar música o a tocar la flauta en clase. La situación, explica Fanjul, es contradictoria pues « la ortodoxia islámica no ha podido reprimir al cien por cien pero sí ha podido incordiar y ensalzar como buenos musulmanes a aquellos que no oyen música ni poesía. Sin embargo, la realidad se ha impuesto en paralelo y llevan catorce siglos coexistiendo ambas actitudes». Respecto a las ataques terroristas en actuaciones musicales, Fanjul cree que se deben más a las grandes concentraciones de gente y a la facilidad de atentar en ellos aunque, puntualiza, «la música puede ser un agravante para castigar a los infieles. Los terroristas islámicos no inventan nada que no se halle en la tradición islámica».